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Patilarga

Este es el extracto de la entrada.

Va de todo lo rojo Patilarga…Tan real como la literatura

 

Regalo o don

A Zoe

 

Regalo o don, Estrella se pregunta

“¿Qué hay dentro de este fardo?¡Qué tormento!

¡Arrastrar tanta sed como un jumento!”

Sin saber de interior, solo barrunta.

 

Regalo o don, Estrella hala una punta

del eco en el camino macilento

-y un sudor ya le empaña el descontento,

regando una simiente que trasunta.

 

¿Cuál será el galardón si ya no ansía

recompensa mayor que la que sella

cada paso dolido por su vía?

 

Es el último enero en que deslía

el doméstico premio de su estrella.

Hoy lo sabe: la caja está vacía.

 

jblarga

 


* Escribir jugando, reto de enero de 2020, de El blog de Lídia

 

La Divina y La Tremenda por el Prado

Es probable que Xu Hong Fei no conozca a Severo Sarduy; quizás no sospeche entonces que ha moldeado a las ibejes de la novela Maitreya. La Divina y La Temenda, como las llamaron en la comunidad china de Sagua la Grande, ahora malean con su perenne gozadera el cobre de Hong Fei. El chino y el cubano saben bien cuánto se trenzan las culturas desmintiendo océanos y fronteras; esa comunión sin hegemonías universaliza ambas obras. Chino y cubano, escritor y escultor, como que abrevan en la misma savia, van extraviando estos atributos secundarios, nacionalidades y demás taxonomías, mientras se enrumban afinando intuiciones hacia el plasma inicial. Zahoríes del alma humana.

¡Alegría de ver La Tremenda y La Divina, desatando su euforia gemelar por el epicentro culturoso de La Habana Vieja!

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En el fondo a la izquierda, el Gran Teatro de la Habana, sede del Ballet Nacional, el Teatro Lírico y el Ballet Español, antiguo Centro Gallego.

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A la derecha, el Gran Café El Louvre del Hotel Inglaterra, donde acontecía la bohemia decimonónica. Al centro, el Boulevard de San Rafael, pasarela del cotidiano carnaval habanero. En este escenario triangular, las divinas tremebundas arman su propio teatro. Tan parecidas como un par de gotas gruesas, ¿cuál ganaría a Luis Leng, el chino disputado de sus vidas, que ahora la carga y todavía la besa?

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Esta escena me arrebata una irresistible digresión. Aprovechando la retención temporal que nos permite la foto, no seríamos tan crueles con Leng si desviamos la vista hacia la izquierda, mientras vigilamos el peso de su beso con el rabillo del ojo.

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En la columna del Gran Teatro está anunciado Cascanueces, y a sus pies una pareja apenas se dispone a bailar salsa.

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A la derecha, ahora más próximos a El Beso, se ve un cadete menudo desfasando su cadera. Este gesto, que puede recordarnos a Praxíteles y al David de Miguel Ángel, cultores de la sensualidad y la impostura, es pan diario de La Habana.

Un gesto similar llamó la atención de Benítez Rojo en La isla que se repite. Al umbral palpable de una tercera guerra mundial, distinguió desde su balcón dos negras andando como acompasadas y parsimoniosas, de un modo que solo atinó a llamar “de cierta manera”. En ese momento, este teórico caribeño medular entendió cuán difícil es la cristalización densa de un drama en el Caribe, porque siempre operaría una descentralización, un movimiento del eje, como este singular despliegue de caderas que ya había revolucionado la escultura en Grecia, y que desde el Caribe revolucionó el baile y la música universal. Gesto que evidencia que en La Habana el tiempo, su gravedad, no solo no pasa; antes bien, apenas se posa. Un buen sitio para el retozo de las ibejes, que en Maitreya recorren medio mundo, como las Fat ladies de Hong Fei.

jblarga

 


 

Los dejo con fragmentos de las ibejes en una de las mejores novelas de una de las mejores voces
de la lengua:

                    El doble (fragmentos)

Nacieron juntas y enlazadas. Había salido casi, sin apuros y de un pujo, la una, cuando,
golpeándose la frente, la aguerrida comadrona china soltó un grito moteado, como ante una explosión de voladores que se convierten en pericos. Lo que vio la dejó más pasmada que una ducha fría después de planchar: rojiza y firme, una manito agarraba a la naciente por el tobillo izquierdo, como si quisiera impedir que abandonara el túnel o exigiera la tracción hacia el aire, nadador exhausto; la otra mano, con el puño cerrado, le quedaba entre las piernas.
(…)
La partera las separó, abriendo alrededor del tobillo dedo por dedo. Luego, respetando las
tradiciones mayéuticas ancestrales, les cortó de un tajo, con un cuchillo mohoso, el ombligo común, las zumbó en una palangana de agua tibia, y con la punta de los dedos les apretó los pómulos “para que se les formen huequitos cuando se rían”.

Las envolvió en un mismo cubrecama. Eran tan idénticas y gritonas que había que marcarlas con puntos de colores en la frente para saber cuál había ya mamado y a cuál había que darle dos cucharadas de cocimiento de yerbabuena o dos nalgadas suavecitas para que se durmiera.
Crecieron mirándose a los ojos, asombradas de tanta simetría.

Un día, y por casualidad —jugaban a saltaperico— se descubrió que si pasaban la mano o cruzaban tres veces sobre un rengo o un adolorido, desaparecían en el acto tullidez o punzada.
(…)
Los quejosos agradecidos les regalaban buñuelos. De suerte que, mientras más zancadas sanadoras daban las jimaguas, más prósperas y rollizas, con los atracones almibarados, se iban poniendo. Por sus dones analgésicos, que confirmaban ecuánimes en las sesiones brinconas de cada mediodía, y por bellacas y ojizarcas, fueron, durante una década, las diosas vivas de todo Sagua la Grande.

Hubo que ocultarlas.
(…)
Guachinangas y regordetas, se desnudaban en verano para beber guarapo con hielo molido. Sentadas en sillitas bajas, con grandes turbantes de seda espejo, organizaban carreras de jicotea.

La vitrola esparcía una musiquita de marimbas, insistente y campanillera.
(…)
Saltaban cada vez más rápido, ya mecanizadas o cínicas, jugando a la suiza sobre los postrados incrédulos, que acostaban ahora boca abajo, como si les fueran a poner un lavado, para poder entregarse sin miramientos a los sarcasmos de la gimnasia.

La acción cruzada de su magnetismo terminó por asombrarlas a ellas mismas y hasta se burlaban de la eficacia ramplona y puntual rendimiento de los milagros.

Una vez al año, el día de San Cosme y San Damián, las ibejes, como las llamaban los santeros de nación, salían a los balcones.
(…)
Era la gran fiesta de los sagüeros.

La primera menstruación les llegó de repente y al unísono.

No sabían lo que les pasaba y comenzaron a gritar que les habían dado vidrio molido en el
guarapo.

Ese mismo día perdieron todos los poderes.
(…)
Un don perdido implica el surgimiento de otro, o más bien: lo que desaparece en lo simbólico reaparece en lo real para alucinarnos: pronto descubrieron las menesterosas mellizas que su voz, sostenida por la expansión buñuelesca del diafragma, y por las enjundiosas calorías del guarapo, alcanzaba tesituras potentes y asopranadas.
(…)
Con barras metálicas incurvadas, que hacían sonar martillitos redondos, teclas de bronce
ensartadas, una flauta, un laúd de fibras de palma, una cítara de bambú y cientos de cimbalillos diminutos dispuestos en tableros, acometieron, para alborozo de la colonia china de Sagua, la primera representación cantada de la ópera, con una coreografía retrógrada de Cheng-Ching, viuda exilada y autora de cinco revistas musicales, y vestuario directamente importado de Formosa.

No aparecían las repuestas gemelas, como era de esperarse, representando el fénix dorado y doble del Imperio, ni montadas sobre un dragón caracoleante en la fiesta de las Mil Farolas; no las seguían unicornios: bailaban en punta, vestidas con overoles verde olivo. Gráciles como bacantes con canastas de uvas, alzaban con el puño cerrado una ametralladora automática, de líneas muy sobrias, y una cartilla luminosa, de páginas duras, abierta al medio.

Al fondo, en un crepúsculo rosado con nubes ligeras, de oro, sobre los techos superpuestos del Templo del Cielo, simplificados por la ignorancia del enano, decorador apresurado, ascendían, con la gravedad de una colonia de flamencos filmados en cámara lenta, cintas rojas en arabescos, barriletes y globos. Las luces, cuyos efectos vespertinos fueron aplaudidos, concentraban sus colores en un círculo móvil alrededor del gatillo y el libro.
(…)
Las Simétricas atravesaban, siempre en uniforme y con un solo do sostenido, un país
industrializado y vasto: hubo que montarlas en patines y, entre cuatro tarugos, empujarlas a todo lo que daban las ruedas, desde el fondo de las bambalinas.
(…)
Para la viuda, y para los otros tres organizadores de aquel solapado entretenimiento, las hermanas representaban “La Paz enaltecedora de los Pueblos” y la “Solidaridad entre Países Hermanos en Lucha”, para los salados sagüeros, adictos a los suntuosos traseros y visajes lúbricos de las Gordas, éstas fueron, y para siempre, la Divina y la Tremenda.

Al final de una representación, euforizado por las redondeces de la Solidaridad y por el insistente alzamiento dominical del codo, vino a felicitarlas Luis Leng.

(…)

La Paz intrépida, bajo la mesa, rozó la rodilla del “punto filipino”, que las engatusaba a las dos por igual con el anecdotario ceilanés de sus padres, su adolescencia sagüera y su ascenso a “chef’ en la Embajada cubana en París, y luego en Carolina del Norte, antes de regresar con las ganancias acumuladas de miles de tortillas de cangrejo batidas a mano, para arrendar y modernizar con círculos de neón rosado y una nevera de tres puertas aquel establecimiento destartalado donde con su padre, el Dulce, había tomado su primera copilla de ostiones.
(…)
Ya cuando sentía que la centella germinadora subía por los alambiques ovillados, entonces se acercaba a la frazada que envolvía a los bultos simétricos y, entre su ropa sudada, como un jabalí en la gruta, se escurría ligero.
(…)
Los despertaba, tarde en la mañana, no la luz —siempre cocuyenta y temblorosa—, sino los urgentes trajines de Izquierdo que, atareado, abría persianas y descorría cortinitas polvosas. Tiraba sobre las mesas, al voleo, ante las ventanas abiertas al mediodía, tenedores y frutas.

Para el desayuno frugal de los portuarios, en una rebanadora vieja y rechinante, iba preparando los primeros sandwiches.

De Maitreya, Severo Sarduy


 

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Pueden  descargar Maitreya gratis aquí

 

 

Corset

 

trépate a Corset
el corcel de la lengua
y lánzate
y enlázalo
y vuélvete a lanzar

 

no mantengas a raya a Corset
si Corset malentiende tus tobillos
trota fuerte
te borra el rostro

 

me lanzo de Corset todo el tiempo
lo trepo y me lanzo
porque Corset es fuerte / no podrá domarme

 

así me extraigo los gestículos cuando hablo
arrecio riendas con palabras
cruzadas y
nudos de garganta

 

asperjo hilos de voz entrecortada

 

hablo cáscara

 

porque Corset es fuerte
muy fuerte

jblarga


*Quijote de América, alambrón soldado, 1980, de Sergio Martínez. En Parque El Quijote, 23 esq. J,  Vedado, La Habana.

Monedas bifrontes

Germinación de la avaricia

Regresaba a la noche todo molido por una jornada larga y dentada. Era un ómnibus sonámbulo, recogía a los trastabillantes transeúntes con la apatía de un salvavidas ya sin esperanzas, extendiendo una vara a los cuerpos que la marisma nocturna acercaba a la acera. Enterado del letargo que calaba hasta los huesos a estos náufragos de la desidia combustible, el chofer cobraba a la salida, en el fin del viaje. Uno excusó una moneda grande ante el costo nimio del trayecto; mientras el chofer, agotado y solícito, prodigaba un vuelto trabajoso de centavos y neuronas. Yo bajaba detrás como podía, urgido de un vuelto mucho menor, cuando me tocó en suerte aquella moneda agrandada que se le escapaba de las ojeras al chofer. Y la miré un segundo. Y me la eché al bolsillo.

Fue tan fácil simular normalidad con mi cansancio anémico, que seguí caminando, quién sabe si más lento, que no viré el rostro aunque juraría que el chofer me voceaba con sus últimas fuerzas, una, dos veces, no más, tapiado por los nuevos suertudos que ya ganaban su remolque.

Es aquí que comienza la historia, y encarna en mí el conflicto. Tres días atrás, ¿habría devuelto la moneda, entonces inmensa ante mi diminuto capital? Sé que sí, como en tantas confusiones parecidas; me vislumbro entregándola sonrojado, con la tímida madeja de tics de la que suelo tironear. Solo que mi ceñuda inocencia va cobrando otro ardor: ¿habría sido entonces sonrojo por el hurto? ¿O el efecto de imaginar la moneda hinchada en mi escuálido bolsillo? ¿Una vil culpa de pobre ante el susto del dinero? ¿Una imposibilidad abrupta de pensarme con ese sueldo impropio? ¿Un resorte estético? ¿No moral?

Esa noche, sin embargo, tenía henchido el bolsillo de escamas sonantes, la dichosa moneda hubiera sido un chasquido más; si no fuera porque en acto involuntario, para mi vergüenza, la deposité en ese pozo de mi alma, la separé con cuidado de las otras como a una papa maloliente. ¿Qué habría sido de mi conciencia de confundirse con las otras, si no podría ya distinguir las monedas felices de la impropia? Me dolía la sed y pensaba en la sed del chofer que seguía rodando en su jornada.
No he podido deshacerme de la moneda; he pensado empeñarla en un regalo, pero estaría ineluctablemente sucio. Así ha aumentado su peso en mi cartera. Hasta hoy. En una librería de uso, he comprado los cuentos completos de Cortázar, en dos tomos y un precio inmejorable, sin poder dejar de sentirme un fama infame.

jblarga


Primero canto de las ménades (de la ciudad)
Oración sobre un leve barullo de la ciudad o discurso de un mago al salir de un mercado

Si me sumerjo en el lirismo o en el himno cansado de los desafectos o en pleamar extasiada con el suspiro del maestro del mago o del payaso aquí vienen los caudillos de la voz y los malditos que no sudan como nosotros que piensan que porque nos sabemos perder en la música más inusitada somos los angelotes torpes los remilgados los fallidos yo les tengo una noticia que no sale en las televisivas los albatros espléndidos vuelan por los aires pero también ahora saben caminar ahora hasta saben corretear por la cuerda floja que le han propuesto el infinito y el tedio y son ellos los que con una mirada furiosa observan a los marineros y a otros que no son siquiera marineros quedándose de pronto varados y sonámbulos justo en el momento que con sus pipas los iban a quemar traedme la corona o la hoguera viejos perros y verán cómo se doblan las espinas en mi frente y la hoguera se esparce en la magia de intentar quemarme digo más cuando salí del mercado me devolvieron cinco sueldos menos porque me vieron abandonar la vieja guardia de las maldiciones extraviarme en la música inusitada buscar un verso y me pensaron insondable tonto entonces les preparo la respuesta les reclamo las monedas y les digo de algún modo sonriente y que sospechan aquí seguimos aquí seguimos como frutos que no se dan en la cosecha aunque nos metan en ómnibus y nos apretujen aunque nos obsesionen con las furias y nos sigan nombrando lejanos y unidos a las multitudes con amor al suelo que pisan nuestras plantas ustedes los que no sudan igualmente que nosotros hay una raza y un nombre y un enigma y no les digo porque pudiera iluminarlos acabar con lo que queda de los espantapájaros una forma de volver sin lo perjuro solo les dejo alguna bandada de aves de alguna música inaudita canción ya he dicho más que me mandaron y menos que pensé no me pregunten más que lo diré*

Y no me jodan
Amen

Ezequiel Rodríguez

* versos de Garcilaso


* Miguel Ángel: Juicio Final de la Capilla Sixtina (detalle)

Exequias al poeta vivo

a Ezequiel Rodríguez

Escribir es alzar el lápiz, no vive otro sitio. Sabré de sus batallas poco más.

Cuánto de lo espolvoreado en una noche he recogido entre el polvo y las cenizas, con una bandeja de bodega imponderable.

No escribe al revés como Leonardo, ni lo necesita. Como el doncel martiano eternizado, puede decir: “Escribo, guardo, pierdo”.

Y dice: “un título es un verso”, “un libro es un ángel”, tanto entre lo guardado y lo perdido.

Vecino unitivo del Maestro, nos mostró las rozaduras, el oro de sus dientes, las pezuñas de instaurar los tokonomas que el aire suyo invade como a flautas.

Lo han visto y no lo han conocido, lo han dejado volverse y lo querrán. Él seguirá donde siempre, en el aire de siempre, resistiendo órfico y fugaz.

Él sigue aquí y no pide nada, como no pide el que sabe que merece.

El señorío levantado de este siglo. Su nobleza de acariciar las palabras y empinarlas, como un padre o como un príncipe, opuesto a Paz: “¡Bailen, santas!”.

He visto su rostro en el primer poeta, y en el rostro de un poeta conocido.

Él está aquí, cómo explicarles, escribiendo siempre, con su gesto y con su voz, con su cuerpo mentido.

Vive todo sitio.
No lo vean, y no existirán.

jblarga


Nuefconte

En la época en que Breton moría en la época en que la segunda guerra mundial daba sus

       Mutilados de alma

Surgió

 Un príncipe que se reía de las pinturas y las literaturas contemporáneas 

Su vital necesidad de morirse se hizo patente

Alguien escribió

El príncipe era el genio  el genio era el príncipe

La música sabia falta a nuestro deseo

Pero eso fue antes que el príncipe naciera y se asesinara verdaderamente es decir socialmente
fue solo una profecía

Ese príncipe no murió   lleno está de mistificaciones

Es el hacedor oscuro de arquetipizaciones

Tiene el alma enlutada por un encanto brutal

Y   a sus mujeres embriagadas las impulsa a jadear
Como olas trémulas sobre la blanca costa

Pero no fue escuchado y el alma del mundo sufría incansablemente  las televisivas entretanto
Ponían marionetas rusas

¡Oh el alma de ese hechicero!
Heliotropo plañidero
Ha hecho de la alquimia todo lo que quiere
Y la simpathia universal lo nutre y lo hiere
Lo absorta
¡Todo lo absorbe poder y dolores las cruces el crimen vertical!
 Y lleva en su alma el aroma esencial
De una era más litúrgica que el incienso
                                        O que el mar del mistral

Ese príncipe nace cada un cuattroccento
Como place a los hilos que la historia no enseña
Y lo minan siempre alrededor de terrible ponzoña
Juega a las escondidas
Le hace cantos a la verdad no sabida
Y él tiene que averiguar como una noria
Dónde encontrar el agua que lo torna a la vida

Ese príncipe amargo todo se lo ha bebido

¡Juega con los vientos de los lujos futuros!
Yace en fin como un muerto embriagado
Porque las lunas de un cisne de misterio lo han aletargado
¡Quiere entrar todo lo bohemio de la fraternidad!
¡A la fealdad  a la hermosura a la muerte dentro de la eternidad!

Las torres gemelas se están cayendo let it be etc
Los mayas habían predicho estupendamente el mundo se acabó quedaba el eco de la sombra Pero ni un solo sonido Todo tranquilo se decía en el país del príncipe ni un solo hombre buscó al príncipe el príncipe era el genio el genio era el príncipe con todo proseguían las confiterías y los bares las noticias los periódicos 

Las columnas cercenadas de Roma las posee como el viento ultramarino
No está muerto y ha dejado un puerto
¡Y ha condenado al mundo a un destierro profundo!
Quiéralo o no la suerte nada puede contra su revelación
Y fustiga día y noche con su ardua iluminación
Quien se levanta con ese príncipe y su pueblo
Se parapeta siempre triunfante al borde de los tiempos

Mas se irá despiadadamente lejos muy lejos hacia los astros
Y cuando se marcha al fin al viaje definitivo
No se vuelve jamás sino al divino destino

Y el príncipe lloró por el imperceptible llanto del mundo
Que se hallaba acabado y terminado
Y no tenía un nuevo ismo en las artes
Y no tenía un Picasso desde hacía cien años
Y nadie sangraba por un nuevo manifiesto de literatura
Y nadie creía en los lejanos gritos

El puente de Almendares se está cayendo      se está cayendo
El príncipe era el genio el genio era el príncipe
Que lanzaba las premoniciones

 Para la últimabhora el mundo se había enfriado casi totalmente los hombres temblorosos levantaron la última taza de café y miraron a su alrededor como para abrazarse Como buscando al príncipe  se alzaron estertores Pero el último sentimiento de solemnidad cayó y el príncipe ya jamás fue encontrado y la tasa de café estalló al suelo y cuando el mundo terminó todos volvieron a seguir el mecánico ruido de sus pasos

Ezequiel Rodríguez


* Ezequiel en la presentación de la revista Confluencias, un torbellino de luz en el caos I

Más poemas suyos y un pródigo ensayo sobre Baudelaire, pueden encontrarse en Confluencias, un torbellino de luz en el caos 0

Fidel, asere…

Hoy leía en la última página del primer número de Orsai, la invitación de Hernán Casciari a que todos los que habían comprado la revista subieran una foto con su ejemplar y fingiendo una sonrisa; una “pelotudez”, dice, que se le había ocurrido a uno de la redacción. Cuando abrí el segundo número sin poder resistirme, estaban en miniaturas las fotos de los lectores: algunas muy correctas, con la falsa sonrisa exigida, unas tantas con perros y gatos en vez de lectores, otras dibujadas, muchas leyendo en la taza (“Cagar leyendo” es un podcast de Hernán sobre el tema).

Yo miraba las caras de estos lectores y me convencía cada vez más de que esta revista es nuestro Woodstock literario. Veía gentes reunidas en bares y pensé en el bar Orsai en Buenos Aires, hecho para reunirse los lectores, o el que ya debe existir en Barcelona, y me las hacía mentales viendo las lectoras jóvenes con fotos en picada y el cuarto al fondo. Había incluso una foto como un equipo de fútbol: una línea agachada, otra de pie y todos mostrando su ejemplar de Orsai como el escudo, una gran comunidad de lectores, todos orgullosos de pertenecer a un proyecto tan revolucionario.
“Orsai nadie en el medio”, una revista organizada por un argentino residente en Barcelona, que agrupa colaboradores de diversos países, algunos de ellos de los mejores escritores contemporáneos o, sencillamente, gente con una historia sui géneris que contar; y que pondera la libertad cultural e individual frente a la estupidez generalizada que privilegian los medios. Casciari demuestra que la industria del libro es otra mafia, y que si uno no vive en México, Argentina o España, difícilmente puede acceder a la literatura en español contemporánea. Es por eso que Casciari ideó una forma de eludir las distribuidoras: cada uno de estos lectores debió buscar nueve interesados en comprar la revista online, porque no eran vendidas si no en paquetes de a 10 y así se han creado comunidades de lectores en los distintos países sin depender de librerías intermediarias o inexistentes. Se vendieron 10. 0 80 en todo el mundo. Una semana después de las ventas la revista fue colgada gratis y así es como nosotros los rebeldes, los más outsiders de todos, aislados porque sí, leemos Orsai. Indagando en estas fotos esperaba encontrar alguien conocido, algún cubano que la hubiera comprado en otro sitio del mundo, nunca pensé encontrar algún trasnochado de G, por ejemplo; tal vez, algún profesor. No pensaba en eso porque este país no solo es libre de analfabetismo, sino de tarjetas de crédito entre otras muchas cosas; nadie podría posar con un ejemplar de Orsai a no ser… mierda, no puede ser. Me levanté como un resorte, me agarré el pelo, no sabía qué pensar, lo que veía no tenía sentido. En medio del collage se distinguía un abrigo deportivo blanco y rojo, y una barba sonriendo, mientras mostraba un ejemplar a la cámara.

Los pensamientos se me enredaban como perros de pelea. Hay lecturas que te cambian la vida, y esta frase no es más trillada que su verdad. Sé de gente que me dirían lo mismo de deportes, de rpgs, de películas, de música. Todas son verdad. Es la primera vez que leo una revista completa sin siquiera saltar artículos, uno detrás del otro, las doscientas páginas. La primera vez que leo una revista como si viera una serie, te absorbe el tiempo hasta volverte adolescente, con ganas de conocer y vivir, con ganas de ser libre de todo. Yo nací en el 90 en Cuba, en la punta de lo creíble, de lo no objetable. Un buen año para nacer si eres amante de las simetrías: he crecido en medio de la crisis total de la Revolución, mi edad es la misma edad de su nostalgia. Me cuesta creer que alguien de mi generación sienta alguna afinidad sincera por este proceso. Me apena el que la sienta porque lo considero una víctima, un futuro victimario. Hemos crecido viendo a un Fidel avejentado, emitiendo discursos extensísimos que borraban muñequitos, aventuras, extendían el noticiero, la familia refunfuñando por ver la novela. Hemos crecido escuchando tertulias entre apagones sobre la Arcadia perdida detrás del 90, la comida barata, los hoteles asequibles. Hemos sufrido la debacle del sistema educativo, la exacerbación de la doble moral, el éxodo masivo de cubanos, la división de familias y parejas y amistades, la pérdida de profesionales, la indolencia gubernamental por un país que se está hundiendo en la mierda, o que se deshace, que maneja seres como cifras, símbolos que lo acreditan ante la mirada exterior. Un gobierno que convierte la única organización universitaria en vocera del estado, a periodistas en lectores de teleprompters, que gradúa economistas y abogados con pasmosa facilidad es un gobierno al que no interesan los jóvenes, los enemigos del poder. Las revoluciones se hacen por vanidad, ningún joven quiere ser burla en el futuro, quedar en la foto de la historia como un lerdo. Aquí no hay vías para enfrentar el gobierno. Irse de Cuba es también tomar partido, es no dejarse engañar. Y en la última página estaba Fidel, un lector sonriente de Orsai, amante de las causas justas y externas. Pasado el insulto comprendí que el ejemplar debió ser un regalo de los editores, porque en el número hay una entrevista a Enrique Meneses, que incluye las fotos de Fidel en la Sierra. Meneses cuenta cómo fue atendido amenamente por Fidel, quien lo sometió a una entrevista extendida sobre su labor como fotoperiodista y sobre cómo recogía la prensa internacional el alzamiento, y Meneses cuenta cómo convenció a Fidel (palabras de Meneses) para que prohibiera a los rebeldes afeitarse porque en esa estética descansaría la vigencia de sus fotos. La historia está contada con un matiz de camaradería que pocas personas han compartido con Fidel, todavía menos cubanos. Pensemos en algunas entrevistas concedidas por él: a Ignacio Ramonet, a Frei Beto, a Oliver Stone. ¿Cuántos intelectuales cubanos han gozado de ese privilegio? ¿Cuántos periodistas cubanos? Cada página de la revista tiene una broma al pie. En una dice: “Che, Fidel, poné cara de poster”. Quizá él leyó la revista completa porque el aviso de las fotos no llegaba hasta el final. Esta revista te invade, te deja huellas o ronchas. Ahora aparece entre jóvenes como un líder carismático. Esto ocurrió en 2011. Hoy no conozco otra gente de Letras que supiera de la revista. Probablemente haya otros. De cualquier modo debían de ser muchísimos porque es un fenómeno cultural del que todos debían conocer. Me gustaría revisar las Reflexiones de ese tiempo, buscarle las marcas. A él que tanto gusta de contarnos el mundo, de jugar al periodista publicable, ¿porqué no nos contó de Orsai? Quizá por lo mismo que no dejó escuchar Los Beatles ni a las hondas hippies del 60, una revolución cultural de jóvenes. Confieso que envidié esta jocosidad que se permitió el bromista de los pies de página. Me gustaría haber conversado con Fidel, tutearlo, como conversan y se tutean en la red los lectores de Orsai. Como el bromista de “Che, Fidel…” decirle: Fidel, asere, qué hay con esta isla, por qué no hay líderes jóvenes, por qué nos dejaste vivir de la urss, qué hiciste con la economía, el país envejece contigo, asere, vamos a hacer algo juntos, aquí hay jóvenes capaces de levantar el país, no dejes que se vayan, men. Muchos años de poder, asere, te dejaste llevar, haces terapia, pero no le robes más años a la gente. Hoy por primera vez vi a mis padres hablar de “la cosa” con los ojos acuosos. No vale. No me va. No me da la gana.

Ayer husmeaba en el perfil de Casciari, y me pareció una preciosa coincidencia que lo abriera en 2011 justo el 8 de enero. Fidel, asere, hoy hace 61 años que entraste a La Habana. Yo no siento libertad por ningún lado.

jblarga

La sensación del todo jodido

Patilarga

“Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría”

Borges

 

¿Cuándo fue que empezó a joderse todo? ¿Qué réplicas lo aseguran? ¿Cuáles quebraduras? ¿La bomba? ¿O la píldora? ¿O Auswitch? ¿O Hegel, o Nietzsche, o Marx? ¿O el Muro, o alzarlo, o demolerlo? ¿Cuándo se jodió todo? ¿Cuando lo clavaron? ¿Cuando lo subieron al altar? ¿Cuando nos encontraron? ¿Cuando empezamos a girar? ¿Cuándo se jodió todo? ¿Qué fue del hombre? ¿Qué? ¿Adónde el amor? ¿En cuáles islotes de fetiches lo expatriaron? ¿Cuándo enraizaron los hilos en el gesto disecado,  comunicaron la trasmutación de la voluntad? ¿Por qué hurgarse en la piel de la moneda; a qué más bruñir la ceguera de ese espejo? ¿Para quién el poder? ¿De qué?

Nada ate más que darse, sea posible esa soltura.

A ver si se enjambran los hombres de una vez, y se mueren de paz los mediadores. Y a los…

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