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Patilarga

Este es el extracto de la entrada.

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Va de todo lo rojo Patilarga…Tan real como la literatura

 

Circulizando I-Un soneto “insuficiente” de Villena a la luz de Ficino

(15 de enero de 1934-85 años de la muerte de Villena)

 

En “Insuficiencia de la escala y el Iris”, Rubén Martínez Villena abordaría algunos de los temas caros a Marsilio Ficino, en De sole. Un análisis de la tesis poética del cubano condensada en este soneto, con las posibilidades que tal forma estrófica aporta para desarrollar pensamiento, es decir, ensayar desde la poesía, nos permitirá detallar mejor dicho acercamiento.

“La luz es música en la garganta de la alondra;
mas tu voz ha de hacerse de la misma tiniebla;”

Los primeros dos versos del primer cuarteto harían suponer la presencia de un poema panteísta, por cuanto pareciera sostener la perfección de la naturaleza, ante la imposibilidad del hombre para homologar tal pureza. El cuarteto continúa:

“el sabio ruiseñor descompone la sombra
y la traduce al iris sonoro de su endecha”

La enunciación de otra ave (cantora) acentuaría esa inaptitud humana, así como, además, la comunión de la luz y la música. Al respecto, llamaría la atención el hecho de trenzar la luz con otro elemento, traducirla, diríamos, siguiendo la metáfora del poeta, como una manera de procurar definirla, aprehenderla así sea con la voz, otro elemento inasible como la luz. Culminada la lectura de este cuarteto exordio del soneto, dos cuestiones llamarían nuestra atención: con el énfasis en la inaptitud humana, se aprestan a este contraste la oscuridad (tiniebla), falta de luz vinculante con la ignorancia, frente  soneto, dos cuestiones llamarían nuestra atención: con el énfasis en la inaptitud humana, se aprestan a este contraste la oscuridad (tiniebla), falta de luz vinculante con la ignorancia, frente a la luz, asociada con la música. Notemos hasta este punto, cómo ambas cuestiones cobrarían una pronta relación no solo con lo mistérico, sino con lo inefable implicados en la luz; pues resulta que la ignorancia sería algo aún no tocado por la luz que, según Ficino, constituiría la sabiduría suprema. Además, sostendrá Ficino que esta sabiduría, por su condición divina, sería imposible de explicar por la razón humana; a propósito de esta inefabilidad, verifiquemos cómo, si bien hemos extraído del cuarteto la interpretación de la tiniebla como ausencia de la luz; en el caso de la propia luz, sin embargo, ¿cómo leeríamos su definición? Sería, pues, por medio de una analogía, con la música; es decir, una oblicuidad que connotaría la imposibilidad de la razón humana para aprehender la luz.
“El espectro visible tiene siete colores,
la escala natural tiene siete sonidos:
puedes trenzarlos todos en diversas canciones,
que tu mayor dolor quedará sin ser dicho.”

El segundo cuarteto expande luz y música con la frialdad enunciativa que homologaría a la más evidente razón, sobre todo en los dos primeros endecasílabos; para después volver, con todo el peso contundente del cuarto verso, sobre la deficiencia humana para tocar una razón más alta, para dar con el mayor dolor. Así, ante el espectro visible, la escala natural, la posibilidad de trenzar (esto es, alegorizar, urdir disímiles elementos, analizar y sintetizar como posibilidades de la razón humana) en diversas canciones; sin embargo, habrá un punto que aún quedará en tinieblas para el hombre y estará nada menos que en sí mismo.
“Dominando la escala, dominador del iris,
callarás en tinieblas la canción imposible.
Ha de ser negra y muda. Que a tu verso le falta”
Llegado a esta instancia, se haría más cabal la asunción de trenzar desde el conocimiento, con la creación o la composición en su matiz más retórico: pueden dominarse los recursos para un trenzamiento cerebral, cabe decir; sin embargo, algo falta:
“para expresar la clave de tu angustia secreta,
una nota inaudible, de otra octava más alta,
un color, de la oscura región ultravioleta.”
Se cierne así la ratificación de lo mistérico: aquello inalcanzable para el hombre, imposible de nombrar o de tocar con su razón y sus sentidos. Llamaría la atención, además, que ese color desconocido se halle en una oscura región, cuando ya se había asociado poéticamente en el soneto a la luz con sabiduría. Ficino aventuraría una explicación para esta aparente antítesis: que nada es más claro que la luz, pero, por otra parte, nada parece más oscuro.

 

_”Tengo una modorra”

En un azar concurrente,

diría en su verbo Lezama,

fui a esperar a quien me ama

en el parquecito enfrente

de la iglesia de F: ausente

flor alguna u homenaje

a quien con menos ambages

y más paz y más humilde

que otro a quien ponen tildes,

supo abrirse el pecho en traje.

 

Quince de enero y me arde

la misma fecha que leo

en el monumento al centro:

relieve leve y no alarde.

Estrado mudo en la tarde

como horizonte en que se alza

la voz para que descalza

pese y lo abaje hasta el hombre,

ya presto a amar a otros hombres

y mujeres y una raza.

 

Modorra tiene mi patria

que han masacrado a ideales

falseados como lo sabe

el sol que nos martiriza:

no hay una piedra caliza

que tapie la luz en vilo

de la verdad, ni hay asilo

eterno y lánguido al falso.

Vuelve el amor, y no escaso;

Yo lo sé porque lo ahílo.

 

Modorra tiene mi patria,

ahistórica y ligerísima.

 

                                                   jblarga

 

 

El payaso Contentín

“El horror se disuelve en la risa

el cansancio de la risa devuelve el horror”

Perednik

 

El payaso Contentín quiere mudarse

donde el rencor no le tuerza la sonrisa.

El payaso Contentín tiene su prisa,

y una nariz zahorí que ya no arde.

 

De torpeza magistral hacía alardes,

con azogues de dolor rasgaba risas…

Hoy el abismo es tan hondo que no irisa,

la luz insulta cierta y cruel, rae la tarde.

 

El payaso Contentín oye el silencio

oscuro de apagados corazones,

como mar que recoge sus espumas.

 

En su hoyo amoratado hay un jadeo

oprimido entre punzadas de razones…

De quitarse el color… ¿por cuáles sumas?

Sobre lo bello y lo sublime y el avión que colapsó

He visto quince veces caer en picada el avión de Cubana, un video tomado desde un auto en carretera, alguien que aún tuvo la sagacidad de grabar la caída antes de sorprenderse. He seguido su trayecto de picúa endeble, en los escasos segundos que lo separaron del estruendo que lo devolviera a lo real, que nos devolviera a quienes lo vemos ahora en lento ritornelo. ¿Y por qué? ¿Acaso seguimos una ruta de cinismo? Yo tengo mis sospechas de por qué este acto de voyeurs de lo terrible responde a la urgente constatación de lo sublime en nuestras modernas vidas.

La carencia de valores raigales en la contemporaneidad vuelve difícil tanto la pulsión por lo bello, como por lo sublime. Ocurre que ambos requerirían una ascensión, la búsqueda de una sobrenaturaleza que hoy queda obcecada por un mercantilismo del instante. En el eje mistérico de esta crisis deambulan los memes: esas ráfagas de minis (minihistorias, minifrases, minichistes) que provocan la risa o el asombro expeditos, antes de perderse con otra vuelta de la rueda de la infortunia del mouse. No hay tiempo para más, es inútil detenerse a sentir. Pero mueren cientos en un viaje que no hurgaba en trascendencias, y el azar bulle muy pronto en los pulgares.

Es sublime la caída de un avión que nos revuelca abrupto en lo real, que nos recuerda que todo lo sólido se resuelve en la tierra, no importa cuánto estemos por la red sin ir al baño, no importa cuán lejos andemos de las edades en que se debe morir. Es lo sublime terrorífico que advierte Kant, y que siembra un silencio hondo. Después suceden los actos estéticos: el rostro amilanado, los “¡qué pena!” y “¡pobre madre!” y en todo eso hay un regodeo del dolor, como la lengua que pulsa la levísima herida, esta vez en llaga ajena. Fetichismo de los medios, goce de última hora. Y a quien no responda según regusto de lo fatuo ‒mano sobre boca o sobre frente, contracción como ante suturas de mariposa, suspiros de “pobrecitos”‒ le espera un ostracismo social tan expedito como barato.

Cabría explicarse este fenómeno por el concepto kantiano del sentimiento del honor, y la vergüenza como resultado de él: “Lo que gran parte de los hombres no habría hecho por impulsos de espontánea bondad ni por principios, se hace bastante a menudo merced al prestigio aparente de una preocupación muy útil, aunque en sí muy superficial, como si el juicio de los demás determinase nuestro valor y el de nuestros actos”.

Esta común equivocación de las marcas estéticas frente a los actos de valor, pudiera responder a una predominante sensibilidad para lo bello en la contemporaneidad, que no para lo sublime. Kant pareciera que describiera estos espíritus recientes desde su tiempo, cuando caracteriza a los sensibles para lo bello como de “alegrías rientes y vivas”; es decir, de necesidad por la exteriorización, la marca estética si se quiere; y también, comenta la variabilidad de estos espíritus, que “gustan del cambio” porque “la variedad es bella”, y “si no están alegres, se hallan disgustados, conocen poco la calma satisfecha”. Esto es, una dependencia de gestos más palpables, dada la carencia -agregaría yo− de una espiritualidad vigorosa, de lo que sería justamente una sensibilidad para lo sublime. Es por ello que estos sensibles a ultranza para lo bello “comparten” –donde yo diría necesitan− “fácilmente el estado moral ajeno. La alegría de los otros le contenta, y el dolor le enternece. Su sentimiento moral es bello, pero sin principios, y obedece siempre a las impresiones momentáneas que los objetos en él producen”.

El gusto por los memes sería parte del sentimiento de lo bello, según entiende Kant lo conforman también “las bromas y la jovialidad”. Pero ocurre que “el sentimiento de lo bello degenera cuando en él falta por completo lo noble, y entonces se le denomina frívolo”. Y en efecto, de lo frívolo, y también de lo expedito están curtidos los memes, esas intelectivas golosinas, de relampagueante degustación, apenas una la excusa para pasar a la otra, como suerte de huida precisamente a la calma silenciosa que tan pronto deja a la persona consigo misma, en un entorno vital y espiritual que suele ser, para la mayoría de los contemporáneos, sencillamente desolador.

Recuerdo un meme especialmente eficaz en transitar de lo frívolo a lo terrible en un segundo: un joven aguarda a una muchacha frente a una cámara oculta, al borde de un pasillo por el que le pegará un susto. Lo hace, pero la tan infantil escena no tarda en oscurecerse: la muchacha corre escaleras abajo del apartamento, perseguida por el joven y su cámara, desperdigando risas que ella aún no reconoce. Cruza pronta la calle y es velozmente atropellada. Para entonces, queda el desastre y un silencio que se aviene desde detrás de la cámara, que aún no se apagaba. El video fue viral… A mí me dejó un sabor como de época, porque no es el único meme frente al que no se sabe si reír o llorar o volver a reír, y habrá quienes se inclinen a una cosa u otra, desde un eje de estupefacción, acaso en el justo medio entre lo frívolo y lo extravagante −según entiende Kant que “lo sublime terrible, cuando se hace completamente monstruoso, cae en lo extravagante”.

Es eficaz el meme también real sobre el avión que colapsa, tiene la propiedad de la prontitud y el shock de lo terrible, sin más arreglo. Planta un letargo en las almas de hoy, duchas en breves suspiros, que ojalá sirviera para lanzar nucas contra la vida de una vez, contra lo trágicamente bello y sublime que es vivir, contra esa broma intensa de estar siempre a un respiro de la muerte. Tiene la fuerza de la imagen, con ese mito de su suplantación definitiva de la lectura, que es parecido a los mitos de la suplantación de la radio y del teatro, ya mitos preteridos. Pero se sucede muy pronto de la imagen referencial, expedita, a otros memes, y a otros, y los mensajes no calan más allá de la epidermis erizada, y ya se abandona por la siguiente. No existe lo sublime sin lo arduo, y una imagen y mil palabras y viceversa siempre podrán acompañarse, y lo sublime siempre sabrá acompañar a lo difícil, cualquiera sea su materia.

Mi enamorada me da el último parte de las sobrevivientes. Graves, y mueren. Las quemaduras, los pacientes quemados de intensiva no suelen durar dos semanas ‒le comento. Es terrible. Antes de dormirnos, me pregunta qué haríamos si hubiéramos estado dentro, ya en picada. Contesto con una obviedad tan nuestra, que casi anhelamos, aunque pronto, colapsar. El amor es sublime.

jblarga

 

Cuando

De vez en cuando pierdo las horas

y me entrego a la más honda dulzura

(empozada y feraz como lo eterno)

 

De vez en cuando pierdo las olas y me varo

astillado y feliz

 

De vez en cuando pierdo las eras, las iras

suspendo todo o todo me suspende

paseo en metatarsos levitantes

 

De vez en cuando gano las olas

 

y vence

 

y me gana

 

y me venzo

 

y me dejo llevar

jblarga

 

* Tomás Sánchez / Relación, 1986/ Acrílico sobre tela; 200 x 350 cm

 

Segunda entrega de Confluencias, un torbellino de luz en el caos

«Duro// Y vivo la mirada y la sonrisa de quien vivo/ Y no me levanto/ Salto/ He cruzado». Después de su presentación performática el 30 de enero, después de intensas semanas, que vinieran justo después de intensas semanas, medio cargadas de causas que no son literatura ̶ aunque, paradójicamente, se agarren de ella con un desespero febril ̶ , entregamos aquí nuestras confluencias_ENERO_No.1[1], un torbellino de luz en el caos.

Hemos crecido. Más vivos aún por ese reto, agradecemos la calidad literaria y humana que nos ha nutrido, esa aleación que está en el verbo de todo ambiente gestante. A todos los autores, y a todo lo que haya procurado sus confluencias, gracias. Así, figuran en este segundo número algunos de los que ya ansiábamos su asomo en el primero: Raúl Elías, Leonardo Suárez, con sendos poemas; J.P. Rizo, con un cuento ¿fantástico? Y, además de estos autores ya conocidos en el taller, hemos recibido gustosos una oleada de nuevas voces: Jose M,  un poeta pulidor, sus poemas son algunos de los más calibrados de este número, de los más interesantes y exquisitos que haya alcanzado a leer; junto con los de Gabriela Ileana Pérez Perez, poetas dados a pulir el pensamiento con una síntesis esencial; algunas causas nos relatan también en este número.

Y Andrés Pérez, poeta, actor, artista vivo, su poesía es el gusto de enunciar, de cederle a las palabras su mayor autonomía, airearlas por el gusto de sentirlas; su confluencia nos ha impulsado a vivir la poesía en una más amplia dimensión, nos ha inspirado a escenificarla, convencido de que el poeta está más apto para actuar desde su sensibilidad, que el actor desde su técnica; no quiere más.

Hemos tenido el gusto también de contar con las obras de dos autores gallegos, amistades literarias que hemos ganado de Edson Fernández, como otras tantas cosas.  José Simal, especie de narrador instintivo  ̶ hermanado en esa pulsión con Alexis Rodríguez ̶ , capaz de narrarlo todo, cualquier cosa, por ese solo gusto de narrar. Y David Pérez, poeta narrador poeta, la obra que nos cede es una simbiosis de géneros que los pone en ridículo de un modo que nos encanta, que hace sentir a la literatura solo una: literatura.

Todas las obras quieren orbitar alrededor de la perspectiva orgánica, de Edson Fernández, pero no diremos más. Contamos también con varios de sus dibujos y cuadros, junto a otros de Héctor Veloz, una vez más, y de César Leal, por vez primera ̶ sirvan además como agradecimiento por dejarnos su taller a merced de la literatura que procuramos, sin limitante alguna.

Ya contaremos de la presentación, con materiales para documentarla. Esperen noticias del sitio web y la editorial digital, estamos en ello. Ahora sí, reciban o de nuestras Confluencias, un torbellino de luz en el caos.

confluencias_ENERO_No.1[1]

JB

Ascensos peldaños

Asfaltado

 

Ha caído pero no hay estruendo.

Sangre sorda.

No hay nada que desparramar

porque así ha querido conservarse:

el que ha caído que también

es un cuerpo.

Fuga planetaria de cosas

que caen.

Intento desesperado por llegar a asirse

de una sobria envestidura.

Territorio para asfaltados.

No habrá pánico:

temperatura del recuerdo, y

falla del entendimiento.

Es posible acercarse y repasar la estética.

Pero sin eso que llaman vida,

porque ese cuerpo ha caído

y seguirá estallando.

Extrañamente calmado.

Extrañamente dispuesto.

Pero no escucha,

no emite la frecuencia del ruido.

Se ha conservado así

sin romperse.

 

Otros cuerpos

depositan el estruendo,

pero no hubo amalgama de dolor,

porque en ascenso peldaño

ya estaba muerto.

Porque mientras una mujer no lo buscaba

ya estaba muerto.

Escalando siempre

Un piso más.

Leonardo Soler Pérez

 

20180113_210231[1]
Foto al Azar: en rumbo al cumple de Leo

Mas bien suelto y des-piadoso
-le digo a mi amigo Leo-,
no te apuntes de soltero,
ni de tiburón goloso.
El tiempo del alborozo
Es trampa de lozanía.
No se es libre en cacería
eterna, en volverse abrupto
ante un trenzado incorrupto
de amor y de carne expuesta.

 

Mejor urde tus contestas
a esos llamados de sangre;
para qué donarte exanqüe
ante tanto altar que resta
Doro y furor a tus puestas
de soles en hielos turbios?
Lazos trigueños y rubios,
menos los rojos, no atan
más de lo que te arrebatan:
tardes de crear y sueños.

 

Ponle alma a tus empeños
exclusivos, no te dejes
definir por los despejes
maritales. Alza el ceño
antes del fajo. El despeño
de un poema no suceda,
a una escaramuza queda
de robustez orgullosa.
No hay una que no solloza
porque el poema no es ella.

Porque el poema no es ella,
es fermento de tu hora;
constancia que no desdora
por mujeriles querellas.
Que la fuerza de él las
vuelva terneza y desempaño.
Despues de treinta, hay un año
De tornarse al fin blasón
De uno mismo, y ahora son
poemas, ascensos peldaños.

jblarga