Hay en mi sangre una poza

En el Día de la cultura cubana, este íntimo recorrido decimero por algunos de sus mitos femeninos

Si me lastimo una uña
el mundo deriva manso.
En esa herida descanso,
escasa, aunque se me acuña
un hombre que refunfuña
por una herida de palo.
En cada recodo exhalo
−jorobas como preguntas,
curvas de cisne trasuntas
piélagos son de mi halo.

Oscuridad que rehago
para el nudo de mi hondura.
Nudo, nuditas, nudura,
nitidez perenne en pago,
hueso de aire hace estrago
en mi garganta de luna.
Surte todo a una laguna
drenada por mil brocales,
que son los pies, los cendales
manantes del ámbar bruna.

Mi presencia es una bruma,
un emerger invertido.
Cerúleo y estremecido,
al secarral vuelvo en suma
de mi rastro, que ahora exhuma
alguna voz pasajera,
zumbante faz que aligera
chispa en mis alas de tierra
membranosas, donde encierra
mi sed de amar postrimera.

Hay en mi sangre una poza
intrincada en el carmín,
claraboya en su confín
donde recibe morosa
un sol níveo que retoza
y esquirlas de luz rielea,
deshilacha en la marea
muy leve su gravidez,
ignorando cuánto es
de selena vid ralea.

Pífana, la zarigüeya
hace mella en el contén
de la orilla y el rehén
bien olvida su querella;
la sangre empozada sella
hipóstasis de cristal
sacaroso, un pedestal
marrón, melifluo, abrasivo,
aguarda, augura, aprensivo,
cual terso y denso humedal.

La zarigüeya anticipa
el jolgorio que derrapa,
rijosa y cruel, la siguapa
que ansía, revuelve, hipa;
cuerpo y latido constipa
risa, rizo y cerrazón.
Su eros, un aldabón
belfo, bivalvo, cobrizo
guardando un ser de granizo
con extraño corazón.

Muy adentro, el pez de mi alma
ningunea en su rubor,
hasta que espesa el furor
que va hinchando en pos la calma.
La siguapa, gacha, enjalma
el pez por su envergadura,
corporiza en la juntura
de su enagua y mi extravío
el lomo infiel de mi envío,
festón de espuma su untura.

El silencio por su huida
repica tras la siguapa;
ni una sola honda escapa
de mi poza a su estampida.
Basta una espiga caída
o una sombra aleve basta
para que mi poza casta,
por amor a su lujuria,
remonte undosa penuria
contra la orilla nefasta.

Mi poza es cielo plomizo,
su reflejo desfasado
engulle todos los hados
y los devuelve enfermizos.
Ninfas, ninfeas requiso,
cuanto en su linde porfía.
La zarigüeya es jutía,
no viene más por aquí.
Hoy solo soy para mí,
La siguapa está en su día.

¿Cómo, entonces, se metió,
por cuál sutura infructuosa,
esta lombriz tumultuosa
que mi poza ciega hozó?
Encrucijadas punzó
ha sorteado en mi osamenta
cóncava, hasta que se alienta
con el cieno, donde fragua
crasa una madre de aguas
que me invade macilenta.

Madre de aguas no ca-
be en mi caudal carmesí;
ha crecido entera en mí,
harta de mi escoria está.
Quita el mal por donde va
y me ha dejado vacío;
limpio mi ser, mas vacío
de todo lo que no llena
madre de aguas, la pena
que no traga en su varío.

Es madre de aguas fin,
Es mía y también se va.
Como madre de aguas ha
envejecido ya encin-
ta de mi angustia y mohín;
sus tarros grandes de vieja
aún se ven cuando se aleja,
con un rumor de azahar,
de mi poza hasta la mar
para morirse sin queja.

De escarlata transparencia,
la cuenca de mi dolor
quedó en un gélido ardor
y ha ganado, con la ausencia,
figuración de su esencia
en las almas que se asoman.
Ellas, de mi espejo, toman
la fibra axial de su hechura,
de donde nace la altura
que alcanzarán si la doman.

Mi poza es, así, antebrazos
y labios iconoclastas
de un hombre Jesús que empasta
santidad y recio abrazo;
dado a luz, en este caso,
por una escultora amante
que ha arropado a su galante
apenas, con mantos finos
sobre músculos divinos,
menos santos que exultantes.

Y es cuello ondulante y manos
y cruces acariciadas
y miradas desveladas
de oblicuos ojos arcanos.
Santa Rita Longa, ¡danos
la Santa Rita de Casia,
Virgen del Camino, Gracia!,
en este mítico ajiaco
apolíneo y dionisiaco
que mi poza también sacia.

¿Cuál es mi sino si no
el de un cagüeiro convulso
que transmuta según pulso
de quien su faz inclinó
sobre mi poza y tocó
el agua con luz de luna,
asolada y tan moruna
que mis sentidos dilata?
Y purpurina se bata
mi sangre y la suya en una.

Lejos reflejo la altiva
sátira de las retretas,
de coces y pandereta,
que, marmóreas, suenan vivas.
Tuerce un moño la lasciva
que antes regó la usura
de su fuente, y Amargura
la ha acogido en su redil.
Ahí tamborea vil,
su cuero no tiene cura.

Mi poza, al fin, espejea
con los ojos de yagruma
y manos y pies que ahúman
mi sangre que centellea.
Toda, en su candil, mi tea
nace suelta en jubileo
de un destino que entreveo
y vivo a la vez, que ampara
todo dolor y algazara
−desde hoy ya los coreo.

Virgen de coral la mía,
mi aparición encharcada.
Mi poza está santiguada,
yo profeso su estadía.
Es su carena la ría
que hoy mi sangre libera
en su mar. ¿A qué ladera
no iremos en nuestra andanza?
La ermita de nuestra alianza
es una costa habanera.

Nuestra sangre ha sido ungida
con espuma de pleamar,
y ha nacido del azar
santo, la hija querida.
A Regla iremos, uncidas
sus dos olas tremebundas,
para que en la iglesia cunda
nuestro mar de sangre aviesa,
y nuestra niña traviesa
suba a la Madre que funda.

jblarga

El mundo es comestible III – Plátanos en tentación

En #JornadamundialAlimentación, en que se aclama la urgente erradicación del hambre, mi propuesta puede antojarse subversiva. Sin embargo, quien hayan/ participado de las campañas de nutrición en África, sabría lo impactante del rechazo primero a los alimentos por parte de quienes apenas comen, malamente y en el mejor de los casos, una vez al día. El proceso entonces inicia con la requerida y delicada degustación de cada uno de los más elementales alimentos. «El mundo es comestible» va de la sinestésica celebración de cada alimento, paladeando una por una sus resonancias.

En punto más allá de su entelequia
a tres supramaduros ejemplares
los desnudas velando la longura
su delicado grosor languideciente

En llano los tiendes con buen tacto

Dos pedacitos de canela en rama
entierras en los lomos permisibles
y canela molida polvoreas

Bajo morena y blanca sacarosas
sepultas cada uno con dulzura

Arrancadas en una edad temprana
–lo que explicaría su acidez–
con la más natural fermentación
toda azúcar en el vientre de las uvas
trasustancia en alcohol

Logrado el vino seco y aromoso
anega los melifluos promontorios
y adosa una suave mantequilla

Cócelos completo a fuego lento

Cuando más que álmibar sea melcocha
y los plátanos acaramelados
sube el fuego y chorrea ron añejo

Por espacio de un par de minutos
arda todo hasta que se evapore
y el sabor del ron se instaure entero

Da para cuatro razones

jblarga

El mundo es comestible II – Chirimoya

En #JornadamundialAlimentación, en que se aclama la urgente erradicación del hambre, mi propuesta puede antojarse subversiva. Sin embargo, quien haya participado de las campañas de nutrición en África, sabría lo impactante del rechazo primero a los alimentos por parte de quienes apenas comen, malamente y en el mejor de los casos, una vez al día. El proceso entonces inicia con la requerida y delicada degustación de cada uno de los más elementales alimentos. «El mundo es comestible» va de la sinestésica celebración de cada alimento, paladeando una por una sus resonancias.

(Jotabé)

Glamour de blanda pulpa blanquecina,
oreo demorado en la resina

sacarosa y me induce un dulce estrago,
con tersa suavidad la fibra yago;
al nacimiento de mi lengua un lago
va empozando cuanto en fibra indago.

En pepitas tan pródigo su vientre,
entre lengua y diente a la que encuentre

limaré su negrura de hialina;
vestidura verdiámbar que deshago
y sementera un su interior concentre.

jblarga

El mundo es comestible I – Zanahoria y Yuca

En #JornadamundialAlimentación, en que se aclama la urgente erradicación del hambre, mi propuesta puede antojarse subversiva. Sin embargo, quien hayan participado de las campañas de nutrición en África, sabría lo impactante del rechazo primero a los alimentos por parte de quienes apenas comen, malamente y en el mejor de los casos, una vez al día. El proceso entonces se inicia con una requerida y delicada degustación de cada uno de los más elementales alimentos. «El mundo es comestible» va de eso: la sinestésica celebración de cada alimento, paladeando una a una sus resonancias.

Como leche de una savia espesa
el telos esmaltado de oro acre
—mortero suave, medusa cariciosa—
adosa la semilla al campanario;
no la yerba, el rompiente de la gruta
pródigo engasta el trasegar poroso.
Disipada promesa de dulzura,
limo el rastro entre el cielo y las paredes.
Ocre y ciena se escurren y ocre y ciena
se untarán a la tierra en otra ruta.

jblarga

Filamentos

Por su hilo de voz enmarañada

baja o sube, quién sabe, la hilandera.

¿La sostiene la rama de la higuera,

o el telar alza aleve la enramada?

Allí de canto contra la alborada

hay un corro de urracas vocingleras;

ensayan sus agudos a la vera

de la enhiesta otoñal, abandonada.

Yo despliego en el aire su armonía,

y el tiempo que en mis flancos se aposenta

va sembrándome en ímpetu de fruta.

¿Bajo o subo, es la música mi guía?

¿Vibro yo en blanquinegras que me alientan?

¿Qué hacer si mi bastón es mi batuta?

jblarga

[En una larga cola covidiana]

En una larga cola covidiana, voló hasta mis pies esta hoja grisosa. Lo que quedaba de Van-Houten, advertí en su doblez. Unas versalitas anunciaban su condición de agregado en El hijo y otros cuentos. Irredento pelirrojo, cual un Osain de la pampa, fue a regar algunos trozos en el sur: un ojo, ciertos dedos y, como buen fronterizo de Vaals, de paso también una oreja. «Escupía, y eso era todo».


Según la nueva realidad, habrá que desarrollar una endémica precaución ante ciertos autores; le abrí las carnes con la punta del zapato. La dudosa agonía del belga acababa en la primera vez que escapó. En el bloque en que la mina reventara, una piedrita eclipsaría la sílaba justo después de su evocación. Ahora el pliego enyuntaba esa diciente desgracia con el aliciente relajo del Meteoro. El levantisco en el palo mayor recibiría una bofetada bien grabada en carbón por el reverso: los ojos avizores, el bigotito; menos que el golpe, la mano acariciando la venganza que ya dilucidaba.


Y de vuelta al retazo de Van-Houten, a su costado colgaban las botas de Olivera desde un árbol intrepable. Quité al punto mi suela de esa hoja. Que sople. Y que se la lleve el diablo.

jblarga

De «Spleen Ideal» en La nada con cadenetas

El café se toma sentado

(Día internacional del café)

Savia amarga que emerge del pistilo,
volcán que inunda hermética morada.
Si me hierve la esencia apisonada,
se haga furia en vapor, y huya a su estilo.


Como al infante en su bidel, tranquilo,
he de mimar esta negrura ansiada.
Sin percibir premura en la mirada,
ni el pistón ciclópeo, ni el pupilo.


Antes que bulla en balde la picúa
refrescarele el culo con el grifo.
O harto el vientre hoyarele estreñido.


Y al infante, en sus bordes ya fundido,
clavaré sin piedad una ganzúa.
¡O acaben, que mi tiempo no lo rifo!

jblarga