Destacado

Patilarga

Va de todo lo rojo Patilarga… Tan real como la literatura

Patilarga es un pueblo y bien. En términos de metrológica planicie, es poco más que una calle en la Regla suprarreal; lo que viene a ser una línea versal en la escritura del mundo, tal y como lo ignoramos. Pero Patilarga es un pueblo y bien, es mi pueblo. Como decir: Patilarga es un pueblo tan real como la literatura. Patilarga, un pueblo de verdad. De mi verdad.
Lejos está su bautizo de un guiño relamido: la Virgen, y dos pares más, sabrán que apenas quepo en aquel mito sicalíptico―por lo ancho quizás, pero a qué alargar―: soy menos falométrico que falaz; más falaz sin faltar a mí. Que la escala pedante se incline a lo floral, y me vean calzando lenguas de ahorcado a lo Virgilio. Hagámoslo así: que calcen medias rojas mis lectores, que se hallen por los blasones de su duplicada calidez, entre un humeante transitar meridional.
Y no teman una marea enrojecida: una auténtica escritura solo aviva en auténticos lectores -he aquí una asegurada exclusividad-. La autenticidad es la desmesura del sentir, es desbordarse en el mar y conquistarlo, mudar a las olas tus orillas… Los invito al absurdo de no calzar otros colores, sino la membrana de desandar esta sedienta grisura para estarse en pie. A ceñir el absurdo que nos va, con literatura que salva. Devolvámosle el rojo a sí mismo, destiñámoslo de todo lo ajeno a nuestra pasional plenitud, a nuestra candente suavidad, a nuestra irisada risa. La vida es una broma intensa y puede ser nuestro mayor poder, y nuestro principal signo. Devolvámonos la vida de una vez.

Vida de Flora
Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.
Ponte la flor. Espérame, que vamos juntos de viaje.

Tú tenías grandes pies. ¡Qué tristeza en el aire!
¿Quién se mordía la cola? ¿Quién cantaba ese aire?

Tú tenías grandes pies, mi amiga en seco parada.
Una gran luz te brotaba. De los pies, digo, te brotaba,
y sin que nadie lo supiera te fue sorbiendo la nada.

Un gran ruido se sentía en tu cuarto. ¿A Flora qué le pasa?
Nada, que sus grandes pies ocupan todo el espacio.
Sí, tú tenías, tenías la imponderable amargura de un zapato.

Ibas y venías entre dos calientes planchas:
Flora, mucho cuidado, que tus pies son muy grandes,
Y la peletería te contrata para exhibir sus dos hormas gigantes.

Flora, cuántas veces recorrías el barrio
pidiendo un poco de aceite y el brillo de la luna te encantaba.
De pronto subían tus dos monstruos a la cama,
tus monstruos horrorizados por una cucaracha.

Flora, tus medias rojas cuelgan como lenguas de ahorcados.
¿En qué pies poner estas huérfanas? ¿Adónde tus últimos
zapatos?

Oye, Flora: tus pies no caben en el río que te ha de conducir
a la nada,
al país en que no hay grandes pies ni pequeñas manos
ni ahorcados.
Tú querías que tocaran el tambor para que las aves bajaran,
las aves cantando entre tus dedos mientras el tambor repicaba.

Un aire feroz ondulando por la rigidez de tus plantas,
todo eso que tú pensabas cuando la plancha te doblegaba.

Flora, te voy a acompañar hasta tu última morada.
Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.

Virgilio Piñera, 1944.

Va de todo lo rojo Patilarga. Cromosoma también del que cojeo, parte que de mí expando escritural en lo más cierto. Lo que gano al mundo para mí, lo que creo sobre él. Mi puente y mi andar al fin sobre mi propia obra manuscrita:

«… Y fue el primero de finales jugueteos, y en la pleamar de un furtivo merodeo nació la Primogénita, porque ha de llamarse así a la nacida de primos en creciente».

La Primogénita, la nacida de primos en su salsa, es mi abuela, cuyas historias de vida en Patilarga ―entre disímiles realidades― serán derrochadoramente vertidas aquí, como así varias veces lo ha querido. Y lo tendrá, porque a veces hay que cuidar lo que se desea.

jblarga

Circulizando XV- «La gruta de nadie»

(30 años de Basic Instinct)

A conlapiedraenlaboca

David Gilmour no es ese integrante de Pink Floyd; es decir, no solo. Otro David Gilmour, crítico de cine, tiene un hijo que adolece: ha suspendido algunas materias, ha faltado a clases… El joven Jesse no quiere volver a la escuela, pero nada de eso signa el desastre mayor. El papá cinéfilo Gilmour lo ha notado y propone un trato: Jesse no irá más al instituto, tampoco trabajará («¿Crees que tiene sentido cambiar una actividad que detesta por otra?»). Jesse podrá dormir cuánto quiera cada mañana, solo que nada de drogas. Y otra condición: tendrán que ver tres películas juntos a la semana. Cineclub (2007) es la historia de una paternidad, una adolescencia y de una vida exorcizada por el cine.

Es hermoso que la primera película elegida sea Los cuatrocientos golpes (1959) de Truffaut. El niño joven que mata a su madre en palabras, que fuga de la escuela primero, del internado después, que huye a dónde. Truffaut ha sacado el cine a las calles, como los niños que van deslindándose de su profesor de gimnasia por todo París. Como la vida, sus actores improvisan. Antoine ha dejado atrás a sus padres, a la escuela, a los gendarmes, pareciera pisar al fin la playa de su libertad. ¿Será? Congelado el close-up en la pantalla, su expresión final debe sellar una de las actuaciones más memorables y jóvenes conocidas (Apenas un año después, al borde de otra playa final, un tal Marcello dudará un instante ante la sal de su dulce vida).

Irredento ausentista, los primeros años de Truffaut eran los de Antoine. Su afán de libertad ganó con el cine un foco de atención, la concentración de sus energías en la pasión descubierta lo hicieron revolucionar la gran pantalla. Gilmour intuía lo que hacía: a la incertidumbre siempre fresca de ser padre unía sus certezas de cinéfilo. Sabía, por tanto, que la educación de Jesse era ahora, también, estética; la didáctica indicaba que debía velar por no abrumarlo. La segunda película será entonces Basic Instinct (1992) -un obsequio, dirá el padre.

Este constructo hollywoodense huele vertiginosamente a Hitchcock, y esto sería un halago si no lo hiciera con el helor estéril de cualquier laboratorio. Quiso fijar una escena en la más erótica posteridad, y solo conmovió a la hojarasca crujiente que la propia industria había cosechado por décadas -esa industria de la que Jesse también era hijo-. Era evidente que el comediante Wayne Knight fue elegido para que sudara y entreabriera la boca cuando Sharon Stone entreabriera las piernas y permitiera dilucidar por un segundo su monte de Venus semipoblado. Una estrábica sensibilidad no me ha permitido reconocer en Michael Douglas al sex symbol ardiente que enloqueciera fatalmente a Glenn Close un lustro atrás, y removiera ahora a la femme fatale de ocasión; quizás porque no olvido a su padre Espartaco con el ovillo en el mentón que él tampoco heredó.

Basic Instinct (1992) 27´ 38´´

El plasma del filme es su música, en la que quizás sea una de las más elaboradas bandas sonoras de Jerry Goldsmith: parece contar la historia por sí misma, acompaña la acción al modo en que lo harían las películas de Hitchcock, por ejemplo, con la que el filme comparte no solo el fetichismo por las blondas, sino el tema de la identidad transido por lo policiaco y el misterio. Hay algo cincuentero en la exaltación de la música mientras se enfoca a un picahielos.

Cinco años después, Greta Scacchi -actriz de un curioso parecido a Sharon Stone- abriría las piernas para siempre, aunque los reflectores no hayan enfebrecido con ese trozo de buen cine. Greta Penélope, más madura, más bella, madre deseante, luego de ser abordada por un pretendiente, se deja penetrar por el mar junto a otra playa. Ahí chorrea su espera, donde nadie desembarca. La escena es un cráter en mi iris.

jblarga

Libertad inmediata para Lisbeth Moya #Solidaridad11J

La dictadura cubana está acéfala y senil –ambas inclusive—, y como toda dictadura acorralada, se vuelve sumamente peligrosa. Su desespero ciego la va a hundir, inevitablemente. Urge que lo haga con el menor costo humano posible.

Solidaridad 11J

La joven activista social Lisbeth Moya González ha sido detenida por agentes de la Seguridad del Estado en el municipio Diez de Octubre, en La Habana, cuando se dirigía a su casa.

Los agentes, vestidos de civil, la persiguieron por la Calzada de Diez de Octubre mientras la llamaban “contrarrevolucionaria”. Cuando ella abordó una gacela, el transporte fue detenido por una patrulla y Lisbeth sacada por la fuerza del mismo.

Ver la entrada original 81 palabras más

¡Urgente!: Un llamado a la buena voluntad

«Bossa del perdón», de Abel Lescay (ver aquí)

Este es Abel Lescay, al que quieren apresar 6 años por rapearle a unos policías, e insultarlos con las mismas palabras con las que la inmensa mayoría de los cubanos cifra su repudio al presidente con todos los decibeles del alma. Él solo los dejó ser. A la misma policía que acató la orden de combate dada por el presidente contra el propio pueblo al que debe rendir cuentas.

Abel canta una bossa a San Lázaro. Le pide perdón para todas las personas que han hecho daño a otras. «Perdón para perdonar». A San Lázaro, que sufre junto al pueblo cubano las carencias, las colas, los maltratos, que también salió a las calles el 11 de julio y fue golpeado, baleado, arrastrado, y hoy sufre entre los presos el ensañamiento y el odio del poder.

En el grupo #LibreAbelLescay de WhatsApp se recogen firmas por la libertad del poeta y estudiante de música. No importa dónde estén, no importa cuán distinto piensen; son voces diversas unidas por el afán de justicia y libertad más elemental.

Luz. Paz. Amor. Bendiciones.

Por favor, firma aquí

Julián Bravo Rodríguez

[El cielo romo quería ser el Universo…]

s/n – jblarga

El cielo romo quería ser el Universo. Adentro se miraba a los maniquís sin sospecharse. Cada vacuidad en su cuadrante. Afuera 30 grados y en el corazón de la elipse una pista de hielo. Tantas mesitas de colores donde gotear los delirios de la grasa. No podía faltar un cine. Blacklight sería lo opuesto de Lumière, pero no lo comprendimos; ni la última señal antes de hundir nuestra esperanza en la penumbra. (Junto a la entrada una vitrina cifraba el vademécum de este antro: «ABRASE en caso de incendio»). Esta vez la chatarra corrió por Chevrolet, y una desvencijada vergüenza por Liam Neeson. A la salida ni siquiera era de noche.

Helor – jblarga

Ardor – jblarga

@jblarga

(de la carne abolida)

Ocaso – jblarga

He preguntado a Alexa por los vientos de Cuaresma y empieza a hablar de la novela de Padura. Alexa es un engendro de Amazon. Entiendo. Carmen limpia la casa una vez a la semana. «Soy india», se presenta. La mesa como nunca antes servida. «Es Cuaresma, no deben comer carne». Mi padre conciliador: «No somos religiosos, quién sabe si por ignorantes. Cuando niños solo podía adorarse a un dios, a Fidel Castro». Frunce el ceño la india milenaria: «¿Y quién es Fidel Castro?».

O caso – jblarga

@jblarga

Sindy Rivery: «Una cuestión de gusto» y «Dos»

Primera, Miramar (2021) – Sindy Rivery

Una cuestión de gusto

¿Le mariage? C´est comme une asperge préparée avec
de la vinaigrette o un sauce hollandaise, un certain
gout mais sans importance.

Francoise Sagan

Daniela conoció a Daniela el día que se graduó de Psicología. Daniela se había graduado a penas de Literatura y aunque la carrera tenía un generoso currículum que incluía Filosofía, Lingüística y algo llamado Educación Física —una clase que representaba en su cabeza con la ecuación e=mc2 tomando té— ella se contentaba con comentar adecuadamente los tres capítulos que conocía de diecisiete novelas que decía haber leído, el último acto de La gaviota, y lo terrible que había sido su profesor de griego. Además, de vez en cuando se la veía recitando en voz alta el nombre de Cioran mientras freía un huevo hasta quemarlo. Daniela se había especializado en psicología infantil y despreciaba las teorías de Jung a tal punto que decidió dejar de leer El libro rojo en el prólogo. Cuando tuvo que hablar del autor en clase, simplemente tomó notas de la película y rellenó el resto de su exposición con esdrújulas, palabras compuestas y pensamientos de Martí. Concluyó que, en el Apóstol, el animus había sido debilitado, probablemente por la cercanía de su madre. La profesora le ofreció hacerse alumna ayudante.

Los padres de Daniela le habían dedicado su casi indivisible atención los primeros doce años de su crianza, a la vez que le permitían la libertad suficiente para decidir si ponerse aretes, pantalones, raparse el cabello o usar corduroy en agosto. Lo que restaba de su tiempo lo completaban sus progenitores con un deshonesto trabajo por el que eran absolutamente respetados. En cambio, los padres de Daniela habían descubierto su incompatibilidad desde que la niña era pequeña y habían optado por la distancia, entre ellos y con ella. Así que, por una parte, Daniela aprendió pronto a buscar en otras personas —y encontró varias— un modelo de ser humano, mientras Daniela se movía por el mundo intentando salvar margaritas.

Ambas coincidieron en humor y entusiasmo de recién graduado en una fiesta en la que nadie conocía a Daniela, pero casi todos sabían quién era Daniela. De cualquier manera, pasar del total anonimato a solo un parcial desconocimiento era fácilmente realizable, pensaba una de ellas en lo que sorbía la quinta sangría. Solo había que lanzarse.

El lugar era un castillo de piedra desnuda del que el dueño había logrado desalojar a siete familias seduciéndolos con el inmejorable señuelo del dinero. Quién sabe por qué espurios papeleos mañaneros, vespertinos, incluso de imperturbables horarios de almuerzo, algún experto funcionario terminó entregando el palacete de diecinueve a uno solo. Autem mihi est, terminaba siempre el cuento sobre sus peripecias de comprador en La Habana.

—Bróder —contaba mientras recorría con sus amigos la casa—, la gente afuera vive en cucuruchos, que, además, son súper caros. Algunos de mis amigos vivían en apartamentos tan chiquitos que yo evitaba ir al baño por pena a que lo oyeran todo. Esta es la cocina, el mármol para la isla lo conseguí en una farmacia de la Habana Vieja, les sobraba este pedacito. Volver, volver, volver. Ahí abajo está el sótano. Lo estoy acomodando para que funcione como estudio, mientras tanto es un buen lugar para las indiscreciones. Allá pasaba mucho tiempo callado. Empecé a escuchar los sonidos de la casa y a creer que había mensajes en el ronquido del refrigerador y el siseo de la estufa. De repente hasta me dio por hacer poemas. Uno se pone existencial y profundo viviendo así y hay que tener cuidado; la soledad es una trampa de almíbar. Allá las casitas son arregladas y bonitas, pero no van conmigo. Este es uno de los baños de servicio, para las visitas y las emergencias. Aquello es para gente más compacta. Yo —a la vez que acariciaba su amplio abdomen— soy demasiado extenso. Además, a mi qué me importa si veo Notre Dame o la de mi vecino, la cosa es ver una, ¿no? —rió—. Yo lo que necesito es espacio para creerme que las cosas cambian. Este es mi cuarto, lo mandé a arreglar exactamente como el que tenía allá afuera.
—De todas formas, es demasiado grande para ti, aunque por el tamaño que vas cogiendo pareciera que quieres multiplicar la familia.
—¿Tú qué crees de casarse?
—Que ser soltero es mejor que estar muerto.
—Yo creo que es algo inevitable de lo que hay que escapar. Por eso elegí un lugar grande. Allá me salvé porque no hablaba bien le français, pero en algún momento eso me va a coger. Y cuando ocurra, es mejor tener donde esconderme.
—Y prefieres que sea aquí, donde hay más espacio.
—No lo prefiero, pero no me va a coger mareao. Quién sabe cuánto tiempo me quede por aquí, pero no será poco. ¿Y si es para siempre? Además, yo soy pillo, pero no pichón, tampoco me voy a meter a asceta. Esto —trazando con el índice infinitos en el aire— es un castillo no un monasterio. Me jode, pero reconozco que por una adecuada distribución de volumen cedería.
Algunas habitaciones estaban aún a medio construir y alojaban las herramientas, materiales y ropa de los constructores, y estas, a su vez, una mezcla de pavesa y cemento que parecía estar sobreviviendo a un largo fin de semana. La furia de la luz no dejaba que el churre, que suele esconderse tan bien en el aire, pasara desapercibido. ¿Por qué coño los lugares más empolvados de una casa son siempre los más visibles? ¿Y por qué nos disgusta tanto ensuciarnos si eso es siempre lo más probable?
—Como no he terminado de arreglar se me llena la casa de polvo.
Su expresión se detuvo lo suficiente para dejar entrever cómo la tristeza le ganaba la guerra al músculo piramidal, pero su público estornudaba y se sacudía el tizne de la ropa.
—Cuando era un muchacho, a mi papá se le voló la cabeza con una mujer mayor y de otro pueblo; terminó juntándose con ella y yéndose de la casa. Mi abuelo, que solo tuvo compañeras de trabajo después que murió su esposa, lo despidió regalándole un reloj de bolsillo y una pesa. Le dijo: la primera semana que pases en el barrio, cuando ya te cuenten entre los vecinos y antes de gastar el primer billete, uno a uno los invitas y como quien no quiere las cosas les vas enseñando la pesa, para que todo el mundo sepa que tienes una. Antes de que se vayan, les preguntas el nombre del carnicero, por si no entienden el mensaje a la primera. A los seis meses mi papá ya estaba de vuelta porque ni el carnicero le robaba ni la mujer le llegaba temprano. Mi abuelo lo había mandado a pie y con mosquete a enfrentarse a un submarino. Entonces, hay que evitar el matrimonio como sea; si no se puede escapar de su forma legal, hay escapar de su forma real —dijo relajando instintivamente el cuerpo y mostrando una decisión en forma de sonrisa—; es eso o la película del domingo.
Recorrer la casa entera les tomó una buena hora. El nuevo hogar y las viejas amistades lo habían puesto de ánimo para compartir, pero su generosidad la reservaba principalmente para sus palabras. Por supuesto, de esto solo se dieron cuenta sus amigos cuando, luego de una diáfana y larguísima charla, sacó las tasas Meissen para servir Darjeeling. Dos rondas de té y la inminencia de una hipoglicemia lograron tornar el encanto del reencuentro en impaciencia; después de todo, no solo de té vive el hombre… tropical. Finalmente ocurrió un jaleo que quedó borroso en la memoria de los invitados; golpes de mezquindad, traumas de la infancia, viejas traiciones, rudezas del anfitrión, fallos en los pactos de hospitalidad, recónditos rencores y recriminaciones por hambre terminaron desesperando a unos y avergonzando al otro. Cuando vio a sus amigos retirándose en estampida, el comité de su mente tuvo una sesión acalorada: el bueno y el feo decidieron que una fiesta lo arreglaría todo, el malo se tuvo que terminar el té solo.
Y así se forjó la cumbancha.
De vuelta a esa noche. Casi todos se reunían lejos del Dj; corría el rumor de que le gustaba armar sus listas de reproducción preguntando a quienes lo rodeaban qué tema querían, y esa noche nadie estaba de humor para encuestas. Justo antes del encuentro entre Daniela y Daniela, Cuba va sonaba en versión electrónica —el primer y único éxito que había tenido el músico hasta el momento—, algunos bailaban moviendo desmedidamente el dedo gordo del pie al beat de la canción y otros movían la pierna entera a la vez que enviaban al ciberespacio sus impresiones sobre el guateque. Allí todos se arrepentían de haber llegado tan temprano.
Ahora, en medio de un ebrio aburrimiento, haber ido solas a la “fiesta del año” no le parecía a las Danielas la brillante idea que hacía unas horas frente al espejo. Sin embargo, quién sabe si por desgracia o fortuna, el encuentro entre ambas ocurrió, exactamente en lo que se servían la sexta y la octava sangría. Sin mucha demora, Daniela y Daniela dieron con la coincidencia de sus nombres, algo que les confirmó a ambas que debían continuar la conversación y la compañía, ya que la luna en casa siete hacía propicia las casualidades ventajosas. Luego de dos minutos hablando, comprobaron que tenían cosas en común y la fiesta a su alrededor comenzó a perder importancia; terminaron bebiendo la duodécima y decimocuarta sangría en el mismo vaso. No solo subir lomas, compartir gérmenes también crea hermandades.
—¿Esto no te parece soso? —soltó de sopetón.
—Totalmente decepcionante —respondió—. Antes de encontrarte, estuve conversando con un muchacho al que le salía pelo por todas partes. Bueno, conversar no es la palabra más justa, más bien estaba recibiendo una conferencia aburrida y a la fuerza sobre la brillantez de la última escena de Stalker de Tarkovsky, hip, algo en lo que coincido pero que no puede importarme menos, ahora, mientras está sonando Bad Bunny. ¡¿Te imaginas un mundo en el que solo existiera Tarkovsky, o Xavier Dolan…o la novela cubana?! Honestamente, yo necesito ver carros explotando y a Brad Pitt sin camisa de vez en cuando. ¿Ay, dónde está Tony Menéndez cuando lo necesitas? —dijo fingiendo un lamento. Hip-hip.
—Hurra. Creo que mató a un pariente y se está escondiendo de los que quedaron vivos —buscó alrededor un vestigio de gusto que detuviera el avance de su irritación, el brazo armado de su melancolía, pero no tuvo suerte—. Deberíamos enseñarles a estos pichones de Anabel… Babel…Bonabel Pardo ¿Aprieto? ¿aflojo? Sí, mejor aflojo, hip… enseñarles a bailar el ritmo de ¡LA LIBERACIÓN! Hip. Eh, yo también estoy borracha.
El grito de Daniela logró enfilar casi todos los ojos hacia ellas; en suma, había logrado levantar diecinueve cejas de doce personas, fruncir cinco ceños y provocar una tos —debido a que el chillido había sido emitido en el momento crucial en que un sorbo de ron entraba por una garganta, la puntería, aquella cosa tan subjetiva, terminó fallándole al bebedor y destruyendo la paz de su camino viejo.
—Shhh, habla bajo, que nos están mirando. Tienes que tener más cui…
—La única razón por la que me voy a calmar es porque no vine vestida para armar un escándalo —interrumpió Daniela con soltura—. Esperaba demasiado de esta fiesta. «Yo vine engañado, guardia» —dijo impostando la voz para imitar a un guapo, o a un tuberculoso, y meciéndose de borracha— «me trajo este que es un antisocial» — dijo señalando con el índice la parte izquierda de su pecho y sonriéndole a Daniela.
-¿Viniste aquí a enseñar las tetas?
-¿Qué? No. ¿No ves que estoy tocándome el corazón?
En ese momento Daniela miró a Daniela como si tuviese frente a ella a un cerdo haciendo malabares, o a un almiquí. El gesto duró poco. En cuanto se dio cuenta de que no le importaban las excentricidades de su nueva amiga se encogió de hombros y reanudó la caza de bebidas; necesitaba tomarse el decimoquinto trago, cualquiera que fuese.
—Voy a pedir otra cosa. La barra abierta es lo único que vale la pena de este lugar y la estamos desperdiciando en refresco de limón. Hay que tomar algo más fuerte. Yo quiero un whisky, estrai. ¿Tú?
—Es mala idea mezclar bebidas, la última vez terminé muy mal… Yo quiero una margarita, pero no voy a cargar contigo si te pasa algo, ni te voy a ayudar cuando empieces a vomitar.
—¿Me dejarías botada y vomitada por ahí después de ese discursito cuasifeminista? Bueno, qué importa, de todas maneras, nada me va a pasar. ¿Por cuántos tragos vas tú?
La mirada de Daniela permaneció unos segundos en Daniela como reto y declaración de beligerancia, y aunque eso la asustó por un momento, muy pronto recordó que tenía un vaso vacío en la mano y una fiesta a la que volver.
—Voy a dejar algo claro porque no tengo la destreza corporal para conservar enemigos. Primero, no soy feminista, así es como sabes que soy consistente. Segundo, te acabo de conocer y nunca he visto vomitar a mi madre, en cambio ella es la única persona que me ha visto vomitar a mí, y eso no va a cambiar hoy. Por lo tanto, mi tercer punto es, ¿me vas a traer el trago?
La cara de Daniela se agitó en gestos, contorneos, retorcimientos. «¿Acaba de decir que no es feminista? Con esta no sé ni por dónde empezar» era lo que se desprendía de un rápido examen de su aspecto. Si en ese momento le hubiesen llenado la cara de pintura y plantado un lienzo sobre ella, el resultado hubiese sido un fantástico Pollock.
—¿No eres feminista? Es una broma, ¿no? Como la de los muñequitos en el huerto escolar.
—Entonces sí reconociste la referencia. No, no es una broma, lo del feminismo me parece una verdadera estupidez. Si tú quieres cogerla con el patriarcado, es tu problema, a mí me gusta. Pero imagino que eres de las que cree que deberíamos esforzarnos para obtener lo que queremos, ¿no? Ahí mismo está la estupidez. Es más fácil convencer a otro para que lo consiga por ti, ¿lo sabes no?
Nuevamente Pollock. Sin embargo, el argumento de Daniela empezó a sonar razonable para Daniela, cuyo impreciso futuro se aclaraba ahora ante ella, violento como el elogio de un enemigo.
Cinco años que terminaron hoy. Ahora, una fiesta y esta bestia. Para qué tomármela en serio si total, solo compartimos unos minutos de conversación y el nombre. ¡Dios mío, quién coge esto para hablar de feminismo! Idiota, si uno viene a estas cosas para ahorrarle al día ser una acumulación más. Lo único que hay que hacer es estar y todo se presta para complacer o para entumecer. Da lo mismo. Qué futuro de qué, eso es otra cosa. Esto es un paréntesis. La historia empieza mañana, no sé qué pondré, ni siquiera sé si quiero poner algo.
Terminó respondiendo:
—¡Pues eres una perra imbécil si vas por ahí diciendo eso!
—¡Mejor una perra que una fracasada! Y yo no sé nada de ti, pero con tu feminismo estás más embarca’ que yo. Por Dios, borracha, sola y amargada en una fiesta de mierda. ¡Al menos YO ME ESTOY DIVIRTIENDO!
Esta vez el grito atrajo la atención de muchas más personas. Había silencio porque en ese momento estaba ocurriendo una de las temidas encuestas sobre qué música poner; no pasaba un ángel, pasaba un Dj. El tedio de la farándula encontró una momentánea interrupción, que parecía haber estado cazando, pues el aullido puso casi todos los celulares a enviar y recibir mensajes con la sincronía de un cardumen.
—¡Bueno, tenemos perras!
—Par de locas —celebró una espiga de caderas anchas—. Si es que a eso vienen, a hacer bulla. Por suerte, porque ya esta fiesta me estaba aburriendo.
—¿Quién es esa? Tiene cara de ser la tipa que termina llena de orine en la fiesta de un desconocido. Tiene carita de bruja.
—Y nariz de cochinito. En fin, esas dos están borrachas, hay que prestarles atención.
El resto de la fiesta se dedicaba a afilarse los dientes.
Daniela se retiró sin miramientos, convencida de que un minuto más con Daniela sería perder un tiempo que podía usar bebiendo y pasándola bien; solo había que evitarla a ella, al encargado de la música, y a los individuos vellosos con pinta de recitar en ruso. A los once minutos le quedó claro que las doce sangrías y la cerveza a medio tomar serían su única compañía esa noche, se deshizo de la última y desapareció. En fin, el entusiasmo no sobrevive en un erial.
I shop therefore I am, consumo ergo sum allá está el bar ¡sí, por lo más sagrado! oh no, muchacho con barba caminando hacia mí aunque no le queda mal y no parece tan tupida enderézate y empina el culo, no olvídalo es demasiado pelo alrededor de la boca y eso es ¿un rizo? tragos tragos trata de no caerte. hola… hola… hola me das un cigarro sí vine sola tal vez nos veamos luego ahora le voy a dar un chance a esta fiesta… ¡nadie es mejor que Foster Wallace! ya en sexto grado me había leído La broma infinita y escuchaba Beck como si fuera un clásico. ¿quién? ah sí, Vincent Murray creo que lo leí hace poco no está mal pero no sé si lo recomendaría (¿Vincent Murray? tengo que buscar quién es) ahora estoy enganchada con el slam poetry del Community Circle en Londres tienes que oír a Kate Tempest, es lo máximo, hace spoken word, teatro, música, es como un todo en uno y es casi de culto por allá. ¿Tarkovski? sí, he visto algunas de sus películas es bueno, aunque alarga demasiado algunos planos y a veces se pasa tratando de filmar con poesía cada línea del guion, yo siento que en El espejo se pone demasiado metafórico. es cierto dice él e inmediatamente cambia de tema, qué alivio porque solo he visto pedazos. me gustas, me dice, se puede hablar contigo. sé exactamente lo que quiere decir con eso se me infla la vanidad, inmediatamente me aburro. ya lo tengo, me voy a buscar a otro. qué idiota esa tipa ¿prefiere a Bad Bunny y huye de los intelectualoides para terminar llamándome perra… y machista? ¿es imbécil o cree que la película de la Mujer Maravilla es literatura feminista? me encanta tu vestido… y ella quién es muy bonita pero no reconozco su cara ¿qué querrá? me ofrece su caja de cigarros ¿quieres uno? yo fumo suave, pero…sí, no importa, gracias, estaba a punto de salir a comprar. me encanta tu vestido, me mira fijo creo que por un momento dirige sus ojos a mis senos. tiene puesta una chaqueta de mezclilla con un dragón bordado a la espalda ¿un dragón, en serio? una saya negra de encaje, esta muchacha tiene mucho dinero y ha visto demasiados capítulos de Degrassi ay no, es una de estas lesbianas habilidosas que piensan que todas mujeres tienen un toto en el corazón y evitan las pi…Sabes que no existe ningún Vincent Murray ¿no? él hace eso, va por ahí inventando escritores para ver qué dice la gente no sé por qué lo hace, a lo mejor hace vudú con los nombres de los mentirosos, es graciosa y el ese tipo es un… sí, es idiota. ¿me acompañas a comprar cigarros?
En el salón principal la música sonaba excesiva, como si los equipos de audio gritaran enojados a la muchedumbre «¡bailen, les ordeno que bailen conmigo! ¡muévanse o es que no me oyen!». Salir de allí fue salvarse del fuego cruzado; diez minutos después volvían para darle otra oportunidad al azar y al Dj.
—Dos años atrás escupía fuego en bares VIP, y ahora estoy viendo cómo terminar la noche sin aburrirme. Sí, soy muy joven para haber vivido esas cosas, pero es cierto, esa fue mi vida —respondió ante la incredulidad de Daniela—. Y ahora estoy escribiendo sobre esa experiencia. No se lo he enseñado a nadie, ¿sabes?
—Y por ahora, es mejor que lo mantengas así. ¡Oye —llamando a alguien con ímpetu de mulato, el único que funciona en este tipo de balacera, y apartando la atención de su nueva amiga—, me encantaron tus últimos videos! ¡Geniales! —Volviéndose de nuevo— ¿Conoces a mucha gente aquí? No te había visto antes. Honestamente, no tienes el look de alguien que escribe.
—¿No? ¿Y qué look tengo?
—El de alguien que nunca se casará.
—Perfecto, porque es justo el que estaba buscando.
El estruendo de la música disminuyó de repente y el Dj, cariacontecido, arriesgaba unos versos a la multitud. Así rimó esa noche la desesperación.


Manos pa´arriba las mujeres solteras
(pero no veo que utilicen sus carteras)
manos pa´arriba las mujeres casadas.
¡Viniste sola! ¿No se te habrá quedado nada?

Bueno, mira, mira, mira, oigan aquí
El patio de mi casa es particular
Pero estoy abierto a alquilar

La prudencia comenzó a ceder ante la testosterona, y la incomodidad brotó impetuosa en el letargo de la multitud y sin comprenderse mucho a sí misma. Algunos se crisparon por previsores, una tomó para sí la tarea de recordarle al rimador que Palmas y cañas era los domingos a las siete, varios reavivaron broncas largamente suspendidas, y dos terminaron lanzándose tragos a la cara y sus cuerpos contra las bocinas. El juicio de Daniela permanecía tan paralizado como su cuerpo, hasta que ambos, cabeza y extremidades, fueron arrastrados lejos de la algarabía por una fuerza exterior. La llegada del rey del castillo aplacó el caos. Entró con los ojos cerrados cediéndole unos instantes al desatino para componerse, el brazo alzado, la palma de la mano abierta y un físico compacto y de movimientos contenidos pero firmes que fueron suficientes para comunicar su fastidio y su empingue. El disparate es el precio a pagar por la precipitación.

—Esta vez creo que la señal es clara, la fiesta terminó para mí. Chao.
—Aún es temprano, ¿no quieres ver si hay algo más que hacer? Vamos a algún bar cerca, yo invito.
«¿Por qué no?» pensó Daniela por septuagésima octava vez en lo que iba de año y terminó en un bar rodeada por la misma multitud de la que había escapado. Sin embargo, este nuevo barman hizo bien su trabajo y finalmente pudo tomarse una margarita. No dejó de sorprenderle que luego de casi una veintena de tragos fuese capaz de mantener una conversación más o menos coherente. Claro que ayudaba mucho el que su interlocutora dejara entrever constantemente su intención de leerle uno de sus cuentos. Así debe sentirse un prisionero en Guantánamo. Miró unos segundos su margarita y decidió que la próxima no estaría tan buena.

—No me interesan tus cuentos, no me importa si tuviste alguna profunda visión mientras escupías fuego, o si tuviste que terminar en un hospital para comprender finalmente el refrán. Ya sé lo que estaría leyendo y no me gusta. Seguro tiene muchos errores y la historia no es verosímil. No estará apegado al lenguaje real y se sentirá raro leerlo. Probablemente tendrá cosas ofensivas, cosificará de alguna forma a la mujer y se burlará de procesos intrínsecamente legitimados que el rizoma del imaginario femenino contemporáneo ya ha metabolizado, y que poco a poco, comienzan a representarlo. Tal vez algún día lo lea, pero no será hoy. Así que mejor déjalo para el segundo capítulo.
—Quien habla mal de la yegua termina comprándola.
—Ya por hoy estoy harta de que me quemen —gruñó sin prestar atención a la punzada—. No sé por qué hoy solo me he topado idiotas. En algún momento hasta terminé hablando de feminismo con…conmigo misma, para colmo. Y ahora esa muchacha debe andar por ahí ensuciando mi buen nombre, el suyo propio y el de otras pobres mujeres, con ideas inútiles sobre una vida abnegada y de sacrificio para las mujeres solo porque la naturaleza le dio un cuerpo de trapecio y pecas. —Daniela hablaba sola, frente a ella estaba la imagen de la indiferencia pidiendo otros dos tragos. Se le ocurrió que no sabría cómo llamarla para reprocharle el atrevimiento—. ¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Dianela, ¿y tú?

De Free Tekno Party

Dos

Dominaba a quienes la acompañaban en la mesa de varias maneras. Había elegido un vestido rojo que se le ceñía con la perfección de un guante (o una prótesis cara), entorpecía cada palabra de los comensales a su alrededor con varios relatos que revelaban su admiración hacia las prostitutas de la Inglaterra victoriana y sus muchos trucos para lograr lo que quisiera hasta de las lagartijas. Tenía movimientos suaves y fluidos, nada abrupto ni repentino la interrumpía al alcanzar la copa de vino o morder un espárrago. Si luego de superar el hechizo a que sometía a sus espectadores uno prestaba atención a las transiciones entre un gesto y otro, podía casi oír el revuelo de sus pensamientos engendrando a la vez cien alternativas para mantenerlos a todos en su sutil prisión.

Esa noche, después de haber tomado la segunda copa, se levantó repentinamente de la mesa sin dejar de excusarse con sus acompañantes —como lo habían hecho antes todas las mujeres de su familia—, que no notaron su prisa, pero no dejaron de tenerla presente mientras estuvo ausente. Esto quedó claro cuando, al acabarse el vino, explicaron al camarero que la esperarían antes de pedir algo más.

Mientras la mesa en pleno la esperaba paciente, el vestido rojo se restregaba en el piso y su cremosa figura expulsaba todo tipo de ruidos y materias vaporosas en el baño del restaurante. Permaneció sola durante el imprevisto, hubiese querido ella que por razones de suerte, en cambio fue una mezcla entre la civilidad y la falta de olfato para la mierda de otras menos atentas, lo que le aseguró la intimidad. De haber habido algún interés en conocer la intensidad y el aspecto de sus expulsiones, el curioso se hubiese encontrado con una sinfonía de gemidos y jaleos que brotaban por los dos extremos, en otra circunstancia más deseables, del cuerpo de la mujer. El extremo superior parecía ordenar las emanaciones del extremo inferior, a cada grito del primero el segundo expulsaba exactamente la materia que aquel nombraba.

Cuando volvió, unos minutos más tarde, radiante y fresca como una lechuga, sus comensales la esperaban para zanjar una cuestión para la que no habían encontrado consenso durante su ausencia. —¿Qué hacen las mujeres cada vez que van al baño, querida? —Siempre lo mismo, mi amor, pintarse los labios y empolvarse la nariz.

Ídem (2021) – Sindy Rivery

Sindy Rivery

Circulizando XIV- «Santuario»

(3 de marzo de 1687-335 años de la fundación de Regla)

Por solo cinco centavos
-dos pesos-, ya más añosa,
la alfombra maravillosa
que Alejo tendió en halago
cruza el mar con menoscabo
de coloreadas medusas
-aguas pésimas de escusa,
oro negro y luz brillante-.
Y alguna gaviota errante
raja una mancha confusa.

Con los rótulos finales
del romo corto PM
una falsa luna treme
por los tediosos anales.
Adonde vuelven, tribales,
como a abiertas sepulturas,
los cuerpos que en su juntura
sobre la lancha combada
carenan la madrugada
con un humor de suturas.

S/T (2018)- Dany del Pino

El vacilante Caronte
libera la proa en calma.
La noche oscura del alma
es bochornoso Aqueronte.
Hacia el dudoso horizonte,
esquirlas de sus bolsillos
deslizan por los visillos
empeñando su esperanza:
salud, dinero, bonanza,
y ratos de amor sencillos.

San Agustín

El más gozón hecho santo,
cuando en África dormía,
soñó a la virgen María
prieta de tez y azul manto.
Un berebere de espanto
y la efigie anochecida
llegó, sin nombre en la huida,
a la ribera andaluza
-y con moros en la ilusa
costa, pasó inadvertida.

Altar de Yemayá (2019) – Dany del Pino

El santo gozado un día,
haciendo buena memoria,
quiso advertir de la escoria
que asedia al hombre sin guía.
Ante Ella escribiría
la Regla monasterial,
que acata, estricto en su sal,
el séquito sevillano:
los bienportados hermanos,
salvan la Virgen del mar.

zaga – jblarga

De cadencia en decadencia
la nave espuma en su zaga,
flotan Ofelia y la Maga
en aguas de la paciencia.
Pantanosa es la querencia.
Más que coral chapapote,
escamas en su cogote,
un caballo de dos hambres
chapotea en sus calambres,
hipo sin campo y sin trote.

S/T (2019)- Dany del Pino

Frente al mar, no a un escorial
En Guaicanamar ruinosa,
antes recibía airosa
hijos de nieve y coral.
Hoy elefantes de cal,
adefesios que dan pena,
rodean Marimelena
y no dejan que a sus anchas
vea los seres de lanchas
atracando en su condena.

S/T (2019) – Dany del Pino

Entre el tenue promontorio
y la ceiba rediviva,
con más muertos allá arriba
que velas el oratorio,
abre el pedregoso emporio.
La costilla de la ermita
a un lado, al otro se ahíta
el malecón del ebbó.
Donde el plante Efik Butón,
el mundo tiene su cita.

Yemayá recibe a los culíes en Regla (1996) – Pedro Eng. Acrílico sobre lienzo

De la Hipona a la Chipiona,
a su comarca en La Habana:
tormentas que desmaraña
la marinera patrona.
Aquí unas chinas pelonas
que dicen pisó Martí,
aquí los chinos culís
deslíandose en la rada,
y el chino de la charada
(«sapo», «tiñosa» y «lombriz»).

Iglesia y Camino de hierro de Regla (1839) – Frédéric Mialhe

Yeye, Omo, Eja, Osha
Virxe, Maroya, Notre Dame,
Nostra Signora del Mare
Holly Mary of the Oceans.
Derroteros que la noche
ha traído a su ribera
sanctasanctórum. Caray,
mi pueblo puede ser cualquiera:
Coronel Pringles, Combray,
Comala, Macondo…Regla.

S/T (2018) – Dany del Pino

[La añoranza es pasar en camión a cinco cuadras de la casa … ]

La añoranza es pasar en camión a cinco cuadras de la casa. Así ocurrirán las grandes fugas o los grandes accidentes. Hoja mía, no te vayas. Hoja mía, estate cerca. De qué almendro has caído, hoja, macerada, como el confín de esta tarde al que nos llevan. Tu carmín lavado remeda el remolino en rubor que me extirparon. De longura enhiesta y contraída, salía de mí al desafío del cielo como nunca más, la grasa de este verde hurtado a la maleza arreciará con su hollín entre los poros, hasta que el miasma sea otra piel que me supure. Danza, hoja, entre tanto sobresalto, sé menos veloz, hazme creer en la música del chirriar de las arengas. No te vayas, no me dejes, levanta tu revuelo de armonías chispeando en el acero. Humedécenos. Todavía no. Tu ternura aleve nos atiza si vamos a la sombra. No se vuelve más, te lo pido, huye contra mí. ¡Frena! Frena.

jblarga

Las bombas a Ucrania en La Habana

En el documental germano Habana: Arte nuevo de hacer ruinas (2007) se recogen testimonios de distintos habitantes de edificaciones en grave peligro de derrumbe. Su suerte es compartida por miles de habaneros, especialmente en Centro Habana (municipio más pequeño y más densamente poblado de Cuba), donde acontece una media de 1,3 derrumbes al día, aumentando a 3 derrumbes diarios luego de lluvias (Las tantas Habanas… 2014, pp. 167-169). Estas cifras corresponden a poco menos de una década atrás en la que solo habrán seguido aumentando, el triunfalismo estatal guarda con celo ciertas informaciones o casi todas. Por eso en la mañana del 24 de febrero todavía había personas que consideraban una farsa el bombardeo a Ucrania porque no figuraba en Rusia Today o en Telesur, y las declaraciones oficiales habían sido muy tímidas, falazmente ambiguas, y casi inexistentes. Poco a poco, las noticias desde Internet −aún no suficientemente generalizado debido a su alto precio en medio de la crisis axial del país− fueron dispersándose por la ruinosa ciudad, en tanto viejos fantasmas se insinuaban. La Crisis de Los Misiles en 1962, sobre todo, cuando Cuba estuvo en el epicentro de una latente Tercera Guerra Mundial, para regocijo de un megalómano ninguneado que disimuló su servilismo enarbolando soberbia en nombre del pueblo, como siempre; la defensa de la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968, declaración que supuso para muchos el desengaño ante un proceso revolucionario que amén de acumular grandilocuentes barbaridades antes de cumplir sus dos lustros, esa vez parecía contradecir gravemente sus postulados. En 2022, ya el desgobierno actual apoyó la injerencia rusa en Kazajstán, como lo hace ahora con la desmilitarización de Ucrania, arguyen. El antimperialismo del régimen cubano es, en efecto, selectivo. En socorro del humanismo y la dignidad cubanas, su sociedad civil ha emitido una declaración de apoyo a Ucrania, mientras la policía vela, entre otras cosas, porque los cubanos no pongan flores en las verjas de la embajada ucraniana, tan cerca de la rusa. La represión en escalada de los últimos meses ha mostrado ser más ciega y obtusa de lo imaginable, y comienza a advertirse su aumento aprovechando la cobertura internacional de la guerra.

Antonio José Ponte, uno de los más lúcidos escritores y ensayistas cubanos, y profundo estudioso de las ruinas, otorgaría el eje teórico al documental alemán. En él refiere que el estado ruinoso de La Habana acompañaría a uno de los pilares del discurso de Fidel: el hecho de que la capital sea una ciudad sitiada, a punto de ser atacada en cualquier instante, lo que a la vez justifica determinadas medidas económicas, políticas y culturales propias de un estado de guerra. Alega, además, que vivir entre ruinas inocula un sentimiento de desánimo, la sensación de que nada se puede hacer para mejorar.

La militarización del país y el discurso belicista del régimen permeando todas las instancias sociales provoca que, de algún modo, por más de sesenta años, los cubanos siempre estén esperando a ser atacados. Quizás, como un siniestro palimpsesto, las bombas acaben haciendo ruinas a las ruinas de La Habana y así, en esta ciudad donde el tiempo se retuerce, las causas terminen por suceder a los efectos.

jblarga

Penitenciales I – «Si te llamaras Nelson»

Dos jóvenes intentan secuestrar un avión de Cubana y desviarlo a la Florida. Cuentan para ello con dos granadas. Cuando resultan neutralizados por los agentes del vuelo, uno lanza una granada y hace un hueco en el avión, ya en tierra. A partir de ahí todo se vuelve nebuloso. Nelson, el mayor, pudo haber sido alcanzado por las esquirlas, o haberse herido con las aspas al intentar huir por el hueco recién abierto. Debió esperar su recuperación antes de ser fusilado junto a su amigo Ángel de 16 años. Pero este crimen no comienza aquí.

El pasado 7 de diciembre Editorial Betania publica una tercera edición de El Regalo, cuaderno de un joven Nelson Rodríguez Leyva cuyos relatos breves y agudos, muy lúcidos quizás, serían publicados por primera vez en 1964 por Ediciones R. Leerlos es comprender por qué habrían cautivado a Virgilio Piñera, entonces director de la editorial. Un año después, Nelson sería reclutado por las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP). Por homosexual. Tres años después saldría loco. En el propio 1968, circularía entre las obras aspirantes al Premio Casa de las Américas un cuaderno de relatos sobre la UMAP que provocó, al decir de Jorge Edwards, cierta sensación flotante de incomodidad. Alega que los textos no estaban demasiado bien escritos y ello impediría que fueran considerados candidatos serios para el premio, circunstancia que hubiera sido un escándalo público mayor (Betania, 26-27). Se trata del mismo año en que la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) premiara al poeta Heberto Padilla y al dramaturgo Antón Arrufat, cuyas publicaciones aparecerían con sendas notas aclaratorias donde se exponían los presupuestos contrarios a la Revolución que ambas connotaban, y dieran al traste con el encarcelamiento del primero en 1971 y el escándalo internacional que acarrearía. El propio 1968 en que Fidel declarara su apoyo a la invasión soviética en Checoslovaquia.

Descargar El Regalo Aquí

¿Bajo cuántas circunstancias adversas habrá escrito Nelson su segundo cuaderno, so pena de ser descubierto e incriminado? ¿Con qué aguijones mentales habrá podido disponerlo para el concurso? Su amigo Reinaldo Arenas refiere en cambio que se trata de un libro extraordinario constituido por viñetas en las que se narran eventos de la UMAP. Habrá asistido a Nelson la brevedad calibrada en los relatos de El regalo para concebir estas viñetas muy probablemente escritas de manera apresurada, a rafagazos entre el terror y la ansiedad. En su autobiografía Antes que anochezca, Arenas cuenta que Nelson lo visitó el día antes del asalto al avión sin contarle nada, y le pediría que le concediera una carta de recomendación del cuaderno para su editor en Francia. Debió montar el avión con la carta y el cuaderno, ya de seguro una mejor versión que la de 1968. Al conocer la noticia por el órgano oficial Granma, Arenas cayó en pánico, pensó que podría ser procesado por cómplice. Pero incluso con su encarcelamiento en 1973 debido a un evento pederasta torpemente incierto –el régimen nunca perdonaría a Arenas haber logrado publicar sus novelas en el exterior y padecía un continuo hostigamiento−, no volvió a escuchar de la carta. Llegó a pensar que la Seguridad del Estado la conservaba como espada de Damocles, quién sabe si fuera también una manera de esperanzarse con la conservación del manuscrito de Nelson. Antes de conocer en carne propia los desmanes de la cárcel, Arenas escribiría en ese
aciago 1971 la novela Arturo, la estrella más brillante. Un homosexual internado en un campo de la UMAP procura edificar minuciosamente la belleza en medio de la más acechante hostilidad;

primero, con la escritura convulsa, clandestina, rigurosa, luego solo con la imaginación. En su dedicatoria reza: «A Nelson, en el aire», y en nota final explica: «Pienso en ese momento en que, granada en mano, sobrevolando la isla con sus campos de trabajo y sus cárceles, Nelson se sintió libre, en el aire, quizás por única vez durante toda su vida» (p. 94). Es así que acaso el primer relato sobre las UMAP nos llega a través de la confidente imaginación de un amigo. La novela, puede decirse, es un vuelo, tiene el tempo y la distancia de un vuelo, no más, y es la ponderación de la imaginación como libertad. Debe estudiarse la obra de Reinaldo Arenas a la luz de El aire y los sueños de Gastón Bachelard. Puede que sea el autor cubano de más dinámica y definida
poética aérea, esto es, justamente, de mayor imaginación y libertad.

Descargar Arturo... Aquí

Parece que debió esperarse hasta el año 2000 para recibir testimonio literario de las UMAP. El escritor y ex soldado UMAP −como llamaban a los apresados− Félix Luis Viera pasó treinta años ideando cómo escribir su novela Un ciervo herido, a fin de que no fuera solo un compendio de hechos tremebundos; no dejó de aderezarla con humor incluso, y por ello y por el tono de la obra se percibiría la asimilación de una summa martiana ya presente en el entonces joven que escribiera El presidio político en Cuba (1871): «Y todavía yo no sé odiar». Los pasajes en los campos de trabajos forzados, sin embargo, son lo suficientemente vívidos como para comprender el desvarío de Nelson, vuelto un caso para nada aislado. Por la novela testimonial de Viera se conoce del maltrato axial hacia los reclutados, que son tratados impersonalmente, como “lacras”. Hacinados, mal alimentados, obligados a cortar caña como modo de reeducación por medio del trabajo forzado, mientras contribuían a incrementar la producción agrícola en las llanuras de Camagüey. La tal reeducación era tan disoluta que los soldados UMAP no sabían cuando concluía, es decir, no sabían cuando podía terminar su encierro, incertidumbre capaz de enloquecerlos, sobre todo porque ignoraban cuando podían dejar de creer en Dios algunos, o de gustarles los hombres otros, por ejemplo. Los castigos por indisciplinas solían ser desmedidos: el baño turco, permanecer parados bajo el chorro de agua por tiempo indefinido, con un guardia velando que no se movieran con la punta de la bayoneta; mantenerse parados por horas bajo el sol picante, o entregados a los ingentes mosquitos de la noche hasta el desmayo mañanero (eran tan potentes los mosquitos que debían interponer la colcha doblada entre cuerpo y hamaca para evitar sus pinchazos); los enterramientos, con solo la cabeza fuera de la tierra, bien rapada para recibir todo el insulto del sol. A los Testigos de Jehová solían conducirlos de reata, amarrados con una soga por el cuello. No se permitía la Biblia o libro alguno. Los saldos fueron locura, suicidios, asesinatos a oficiales, fusilamientos.

Editorial Verbum (2015)

Cuando Arenas llegó a Nueva York en el umbral de 1981 ocurrió la apoteosis de su venerada libertad. En «Final de un cuento», relato que inauguraría la revista Mariel (1983, no. 1, pp. 3-5) volverá a evidenciarse la edificación de la belleza tal lo hiciera unos diez años antes en Arturo…, otra vez con una superposición arquitectónica imaginativa, ahora fundiendo La Habana y Nueva York entre nostalgia y euforia. El mismo año de su llegada a la ciudad de la Libertad escribiría este poema:

Si te llamaras Nelson (A un joven norteamericano)
Los que te tienen, oh libertad, no te conocen.
José Martí.


Si te llamaras Nelson
estarías ahora desfilando marcialmente
(mano levantada, paso firme, pelo al rape)
frente a la tribuna donde el Jefe
conceda quizás la gracias de un saludo.


Si te llamaras Nelson
grabarías en la memoria esta escena
y luego clandestinamente
en el breve descanso o el pase reglamentario
(veinticuatro horas)
escribirías.


Si te llamaras Nelson
pasarías días enteros (los mejores) en la cola
del helado
pasarías toda tu vida esperando un par de zapatos
que una tía “bondadosa” prometió enviarte de “El Norte”.
Si te llamaras Nelson
estarías ahora siendo interrogado
no porque hayas protestado públicamente
no porque hayas salido a la calle con tus hermosos cabellos sueltos
no porque hayas criticado abiertamente
como haces aquí
el sistema (allí nadie se atrevería a tanto)
sino porque alguien descubrió que eras poeta
o algo por el estilo
y por lo tanto ya esgrimen contra ti

“el cuerpo del delito”.
Si te llamaras Nelson
de la misma plaza donde gritas o te diviertes
serías conducido a un campo de trabajo forzado
te levantarías al alba y contarías las horas
solo por la llegada del camión custodiado
que te llevará al barracón.


Si te llamaras Nelson
por lo que haces por lo que no haces
llevarías siempre un mono azul, una cabeza rapada
unas botas rusas molestísimas y un número
junto al pecho.


Si te llamaras Nelson
conocerías el verdadero signifcado
de esa libertad que desprecias y atacas
porque nunca la habrías disfrutado.


Si te llamaras Nelson
estarías ahora intentando salir de tu país
estarías ahora lanzándote al mar
estarías ahora siendo capturado en pleno vuelo
estarías siendo capturado antes de que iniciases la estampida
(el mejor delator es allí siempre tu mejor amigo)
estarías ahora otra vez incomunicado y esperando la sentencia
estarías ahora caminando con las manos atadas
hacia el pelotón de fusilamiento.


Si te llamaras Nelson
tendrías como única recompensa a toda tu vida
la visión de tus propios hermanos apuntándote.

Pero si te llamaras Nelson
ni siquiera en el momento en que la metralla entra en tu cuerpo
podrás gritar
como gritas aquí defendiendo impunemente a los verdugos
porque ellos hombres previsores
te llevarán amordazado al paredón.


Si te llamaras Nelson
estarías ahora pudriéndote en una fosa común
estarías ahora enterrado en un lugar anónimo
que nadie irá a fotografar
estarías ahora bien sepultado en un hueco
donde nadie irá a descubrirte ni sabrá qué hiciste
ni quién fuiste
ni si realmente has existido.


Si te llamaras Nelson
comprenderías lo que signifca esa libertad
gracias a la cual ( y contra la cual) gritas y
comenzarías a conocerte y a despreciarte.


Pero te llamas Jimmy, Tom, Eddy y ya recoges la pancarta, impresa en tinta impecable. Tomas el tren o el auto y regresas a casa pues esta noche has de estar ready para asistir al concierto de los Rolling Stone (ya tienes el pulóver lumínico) en el Madison Square Garden o ver el Festival de Cine soviético
(qué progresistas) en el Carneige Hall Cinema. Y luego, con un grupo de amigos (o de amigas), riendo, bebiendo, fumando, aullando de vida, Village abajo, rumbo al río.


Si te llamaras Nelson…

Nueva York, 14 de agosto de 1981.

Reinaldo Arenas

jblarga