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Patilarga

Este es el extracto de la entrada.

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Va de todo lo rojo Patilarga…Tan real como la literatura

 

Sobre lo bello y lo sublime y el avión que colapsó

He visto quince veces caer en picada el avión de Cubana, un video tomado desde un auto en carretera, alguien que aún tuvo la sagacidad de grabar la caída antes de sorprenderse. He seguido su trayecto de picúa endeble, en los escasos segundos que lo separaron del estruendo que lo devolviera a lo real, que nos devolviera a quienes lo vemos ahora en lento ritornelo. ¿Y por qué? ¿Acaso seguimos una ruta de cinismo? Yo tengo mis sospechas de por qué este acto de voyeurs de lo terrible responde a la urgente constatación de lo sublime en nuestras modernas vidas.

La carencia de valores raigales en la contemporaneidad vuelve difícil tanto la pulsión por lo bello, como por lo sublime. Ocurre que ambos requerirían una ascensión, la búsqueda de una sobrenaturaleza que hoy queda obcecada por un mercantilismo del instante. En el eje mistérico de esta crisis deambulan los memes: esas ráfagas de minis (minihistorias, minifrases, minichistes) que provocan la risa o el asombro expeditos, antes de perderse con otra vuelta de la rueda de la infortunia del mouse. No hay tiempo para más, es inútil detenerse a sentir. Pero mueren cientos en un viaje que no hurgaba en trascendencias, y el azar bulle muy pronto en los pulgares.

Es sublime la caída de un avión que nos revuelca abrupto en lo real, que nos recuerda que todo lo sólido se resuelve en la tierra, no importa cuánto estemos por la red sin ir al baño, no importa cuán lejos andemos de las edades en que se debe morir. Es lo sublime terrorífico que advierte Kant, y que siembra un silencio hondo. Después suceden los actos estéticos: el rostro amilanado, los “¡qué pena!” y “¡pobre madre!” y en todo eso hay un regodeo del dolor, como la lengua que pulsa la levísima herida, esta vez en llaga ajena. Fetichismo de los medios, goce de última hora. Y a quien no responda según regusto de lo fatuo ‒mano sobre boca o sobre frente, contracción como ante suturas de mariposa, suspiros de “pobrecitos”‒ le espera un ostracismo social tan expedito como barato.

Cabría explicarse este fenómeno por el concepto kantiano del sentimiento del honor, y la vergüenza como resultado de él: “Lo que gran parte de los hombres no habría hecho por impulsos de espontánea bondad ni por principios, se hace bastante a menudo merced al prestigio aparente de una preocupación muy útil, aunque en sí muy superficial, como si el juicio de los demás determinase nuestro valor y el de nuestros actos”.

Esta común equivocación de las marcas estéticas frente a los actos de valor, pudiera responder a una predominante sensibilidad para lo bello en la contemporaneidad, que no para lo sublime. Kant pareciera que describiera estos espíritus recientes desde su tiempo, cuando caracteriza a los sensibles para lo bello como de “alegrías rientes y vivas”; es decir, de necesidad por la exteriorización, la marca estética si se quiere; y también, comenta la variabilidad de estos espíritus, que “gustan del cambio” porque “la variedad es bella”, y “si no están alegres, se hallan disgustados, conocen poco la calma satisfecha”. Esto es, una dependencia de gestos más palpables, dada la carencia -agregaría yo− de una espiritualidad vigorosa, de lo que sería justamente una sensibilidad para lo sublime. Es por ello que estos sensibles a ultranza para lo bello “comparten” –donde yo diría necesitan− “fácilmente el estado moral ajeno. La alegría de los otros le contenta, y el dolor le enternece. Su sentimiento moral es bello, pero sin principios, y obedece siempre a las impresiones momentáneas que los objetos en él producen”.

El gusto por los memes sería parte del sentimiento de lo bello, según entiende Kant lo conforman también “las bromas y la jovialidad”. Pero ocurre que “el sentimiento de lo bello degenera cuando en él falta por completo lo noble, y entonces se le denomina frívolo”. Y en efecto, de lo frívolo, y también de lo expedito están curtidos los memes, esas intelectivas golosinas, de relampagueante degustación, apenas una la excusa para pasar a la otra, como suerte de huida precisamente a la calma silenciosa que tan pronto deja a la persona consigo misma, en un entorno vital y espiritual que suele ser, para la mayoría de los contemporáneos, sencillamente desolador.

Recuerdo un meme especialmente eficaz en transitar de lo frívolo a lo terrible en un segundo: un joven aguarda a una muchacha frente a una cámara oculta, al borde de un pasillo por el que le pegará un susto. Lo hace, pero la tan infantil escena no tarda en oscurecerse: la muchacha corre escaleras abajo del apartamento, perseguida por el joven y su cámara, desperdigando risas que ella aún no reconoce. Cruza pronta la calle y es velozmente atropellada. Para entonces, queda el desastre y un silencio que se aviene desde detrás de la cámara, que aún no se apagaba. El video fue viral… A mí me dejó un sabor como de época, porque no es el único meme frente al que no se sabe si reír o llorar o volver a reír, y habrá quienes se inclinen a una cosa u otra, desde un eje de estupefacción, acaso en el justo medio entre lo frívolo y lo extravagante −según entiende Kant que “lo sublime terrible, cuando se hace completamente monstruoso, cae en lo extravagante”.

Es eficaz el meme también real sobre el avión que colapsa, tiene la propiedad de la prontitud y el shock de lo terrible, sin más arreglo. Planta un letargo en las almas de hoy, duchas en breves suspiros, que ojalá sirviera para lanzar nucas contra la vida de una vez, contra lo trágicamente bello y sublime que es vivir, contra esa broma intensa de estar siempre a un respiro de la muerte. Tiene la fuerza de la imagen, con ese mito de su suplantación definitiva de la lectura, que es parecido a los mitos de la suplantación de la radio y del teatro, ya mitos preteridos. Pero se sucede muy pronto de la imagen referencial, expedita, a otros memes, y a otros, y los mensajes no calan más allá de la epidermis erizada, y ya se abandona por la siguiente. No existe lo sublime sin lo arduo, y una imagen y mil palabras y viceversa siempre podrán acompañarse, y lo sublime siempre sabrá acompañar a lo difícil, cualquiera sea su materia.

Mi enamorada me da el último parte de las sobrevivientes. Graves, y mueren. Las quemaduras, los pacientes quemados de intensiva no suelen durar dos semanas ‒le comento. Es terrible. Antes de dormirnos, me pregunta qué haríamos si hubiéramos estado dentro, ya en picada. Contesto con una obviedad tan nuestra, que casi anhelamos, aunque pronto, colapsar. El amor es sublime.

jblarga

 

Cuando

De vez en cuando pierdo las horas

y me entrego a la más honda dulzura

(empozada y feraz como lo eterno)

 

De vez en cuando pierdo las olas y me varo

astillado y feliz

 

De vez en cuando pierdo las eras, las iras

suspendo todo o todo me suspende

paseo en metatarsos levitantes

 

De vez en cuando gano las olas

 

y vence

 

y me gana

 

y me venzo

 

y me dejo llevar

jblarga

 

* Tomás Sánchez / Relación, 1986/ Acrílico sobre tela; 200 x 350 cm

 

Segunda entrega de Confluencias, un torbellino de luz en el caos

«Duro// Y vivo la mirada y la sonrisa de quien vivo/ Y no me levanto/ Salto/ He cruzado». Después de su presentación performática el 30 de enero, después de intensas semanas, que vinieran justo después de intensas semanas, medio cargadas de causas que no son literatura ̶ aunque, paradójicamente, se agarren de ella con un desespero febril ̶ , entregamos aquí nuestras confluencias_ENERO_No.1[1], un torbellino de luz en el caos.

Hemos crecido. Más vivos aún por ese reto, agradecemos la calidad literaria y humana que nos ha nutrido, esa aleación que está en el verbo de todo ambiente gestante. A todos los autores, y a todo lo que haya procurado sus confluencias, gracias. Así, figuran en este segundo número algunos de los que ya ansiábamos su asomo en el primero: Raúl Elías, Leonardo Suárez, con sendos poemas; J.P. Rizo, con un cuento ¿fantástico? Y, además de estos autores ya conocidos en el taller, hemos recibido gustosos una oleada de nuevas voces: Jose M,  un poeta pulidor, sus poemas son algunos de los más calibrados de este número, de los más interesantes y exquisitos que haya alcanzado a leer; junto con los de Gabriela Ileana Pérez Perez, poetas dados a pulir el pensamiento con una síntesis esencial; algunas causas nos relatan también en este número.

Y Andrés Pérez, poeta, actor, artista vivo, su poesía es el gusto de enunciar, de cederle a las palabras su mayor autonomía, airearlas por el gusto de sentirlas; su confluencia nos ha impulsado a vivir la poesía en una más amplia dimensión, nos ha inspirado a escenificarla, convencido de que el poeta está más apto para actuar desde su sensibilidad, que el actor desde su técnica; no quiere más.

Hemos tenido el gusto también de contar con las obras de dos autores gallegos, amistades literarias que hemos ganado de Edson Fernández, como otras tantas cosas.  José Simal, especie de narrador instintivo  ̶ hermanado en esa pulsión con Alexis Rodríguez ̶ , capaz de narrarlo todo, cualquier cosa, por ese solo gusto de narrar. Y David Pérez, poeta narrador poeta, la obra que nos cede es una simbiosis de géneros que los pone en ridículo de un modo que nos encanta, que hace sentir a la literatura solo una: literatura.

Todas las obras quieren orbitar alrededor de la perspectiva orgánica, de Edson Fernández, pero no diremos más. Contamos también con varios de sus dibujos y cuadros, junto a otros de Héctor Veloz, una vez más, y de César Leal, por vez primera ̶ sirvan además como agradecimiento por dejarnos su taller a merced de la literatura que procuramos, sin limitante alguna.

Ya contaremos de la presentación, con materiales para documentarla. Esperen noticias del sitio web y la editorial digital, estamos en ello. Ahora sí, reciban o de nuestras Confluencias, un torbellino de luz en el caos.

confluencias_ENERO_No.1[1]

JB

Ascensos peldaños

Asfaltado

 

Ha caído pero no hay estruendo.

Sangre sorda.

No hay nada que desparramar

porque así ha querido conservarse:

el que ha caído que también

es un cuerpo.

Fuga planetaria de cosas

que caen.

Intento desesperado por llegar a asirse

de una sobria envestidura.

Territorio para asfaltados.

No habrá pánico:

temperatura del recuerdo, y

falla del entendimiento.

Es posible acercarse y repasar la estética.

Pero sin eso que llaman vida,

porque ese cuerpo ha caído

y seguirá estallando.

Extrañamente calmado.

Extrañamente dispuesto.

Pero no escucha,

no emite la frecuencia del ruido.

Se ha conservado así

sin romperse.

 

Otros cuerpos

depositan el estruendo,

pero no hubo amalgama de dolor,

porque en ascenso peldaño

ya estaba muerto.

Porque mientras una mujer no lo buscaba

ya estaba muerto.

Escalando siempre

Un piso más.

Leonardo Soler Pérez

 

20180113_210231[1]
Foto al Azar: en rumbo al cumple de Leo

Mas bien suelto y des-piadoso
-le digo a mi amigo Leo-,
no te apuntes de soltero,
ni de tiburón goloso.
El tiempo del alborozo
Es trampa de lozanía.
No se es libre en cacería
eterna, en volverse abrupto
ante un trenzado incorrupto
de amor y de carne expuesta.

 

Mejor urde tus contestas
a esos llamados de sangre;
para qué donarte exanqüe
ante tanto altar que resta
Doro y furor a tus puestas
de soles en hielos turbios?
Lazos trigueños y rubios,
menos los rojos, no atan
más de lo que te arrebatan:
tardes de crear y sueños.

 

Ponle alma a tus empeños
exclusivos, no te dejes
definir por los despejes
maritales. Alza el ceño
antes del fajo. El despeño
de un poema no suceda,
a una escaramuza queda
de robustez orgullosa.
No hay una que no solloza
porque el poema no es ella.

Porque el poema no es ella,
es fermento de tu hora;
constancia que no desdora
por mujeriles querellas.
Que la fuerza de él las
vuelva terneza y desempaño.
Despues de treinta, hay un año
De tornarse al fin blasón
De uno mismo, y ahora son
poemas, ascensos peldaños.

jblarga

Oh, Margarita

“Ya no se puede amar, ¡Oh Margarita!”
Martí

“yo, que durante tanto
tiempo he soñado con volver a la edad prenatal, si pudiese,
copulara a mi madre, aunque en verdad, he copulado a mimadre, puesto que toda mujer es mi madre”

J.C. Flores

 

En realidad  ̶ frase tendida en un estero ̶  la culpa no fue de mi inconsciente. Todo se crispó, inconsciente de mí, cuando tomara de marcadores aquellos recortes de mi madre a sus diecisiete, a todo cuerpo, despojos felices de su primera boda. De blanco y flaca. Todo su incendio suelto hinchando una pamela, las brasas de su felicidad filtrando el velo de las fotos sin color. En una, escotando la mirada; en otra, dejándose sonreír; ninguna de ellas, mirada ni sonrisa, enteras; núbiles, no enteradas aún de sí, no antes de la entrega. Preciosa. Cómo agradecí no verle el rostro y las manos ajiladas a mi padre potencial, ya desperdigada para siempre por los límites sinuosos del mundo, más allá del encaje justo de mi mamá  ̶ aunque haya sacrificado cada vez su mano diestra, para mayor completitud de su instantánea ingenuidad. La genuina fijación de una mirada y de una sonrisa, a punto de extraviar la prístina lámina de su enigma.

 

Durante el día  ̶ es decir, el sol parecía cierto sobre la piel de la piel y del estero ̶  me divertí viendo sonreír a mi mami adolescente sobre los pliegues de una novela carnosa, o mirarme enamorada entre rimas de Jacinto. Y también, ahora recuerdo, pensé en Klimt. Y así fue como, poco a poco, todo se Jodorowski.

 

Los días  ̶ los intercalos de soles sentidos ̶ que antecedieron al acto carnal con mi madre, los viví sumidos en la lectura de Psicomagia. La posibilidad de despertar en sueños, la batalla contra el propio inconsciente en lindes imprecisos, realizar el sueño, soñar la realidad. Las manos frente al pecho como sobre una tabla invisible: de impulsarse, saberse soñando, aprovechar para mejorar el vuelo. La anotación rigurosa de los sueños… Me contagió.

 

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12-11- 2017

Estoy con Ámbar. Nos queda poco tiempo, por alguna razón, tiempo para estar juntos.Vamos a comprar algo de yerba. Me interrumpe el camino una entrevista para un programa cómico, con el público de un bar repentino. Llueve y se suspende todo. Veo a Póker, ha comprado un sapo con piel como de tigre y un bigote a lo Dalí. El sapo habla, mejor dicho, repite lo que oye decir, como un loro, o como un sapo con piel de tigre y bigote a lo Dalí que habla. Póker me cuenta que le ha costado 200cuc. Yo nunca pagaría esa cantidad por tal sapo, pero hago gesto de parecerme un precio justo. Pienso en ese momento en el precio de las cotorras, creo que cuestan eso, o de los perros de raza; me parecen muy caros pero esos son los precios; en medio del sueño, recuerdo a Merlo y sus mascotas caras. El sapo está dentro de una pecera, Póker se siente complacido. Ámbar y yo apretamos un poco. Creo que me sentía bien en el sueño, con ella. Pero había cierta tirantez: sabíamos que era una pasantía (No recuerdo más, debí haberlo anotado justo al despertar: me dejé vencer
por el cansancio).

 

Por Jodorowski, he rememorado los pocos sueños lúcidos de mi vida. El primero, a los catorce años: no sé cómo me percaté que estaba en un sueño yo, ahí, en el corazón de la secundaria en receso; me abrí paso, con las manos más grandes que mis deseos, entre todo lo sobable de las niñas metidas en el medio de la más, enjabonada en cueros como yo. Ordeñé hasta despertar muy pronto en un sumidero. El resto de ellos, también se quebraron en báquicas resoluciones.

 

Salvo uno, un sueño muy distinto, como metafísico. En el sueño, había socorrido a un tío agrio de Ámbar, algo como resistirle un desvarío verbal. Cuando se vació de palabras el estómago, Ámbar se lo llevaba escaleras abajo de mi casa, dándole palmas de amor rancio en la espalda. Solo me miró, como el gesto de una despedida imposible, sin agradecer. Ese no agradecimiento impregnó mi sueño de la constancia de un lazo irrestañable entre ella y yo.

 

Lo último que recuerdo es desandar un pasillo y sentir la convicción de que Ámbar me estaba amando. La impresión debió ser tan grave a mí como para saberme soñando, como para temer despertarme. El sueño lúcido desembocó en una carrera presurosa por el pasillo hacia ningún lado, hacia el corazón del sueño mismo, porque las lozas del suelo se desvanecían tras de mí y era la realidad persiguiéndome oscura, la realidad recorriendo la alfombra laberíntica de mi sueño.

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23 a 24-11- 17

Estoy sobre mi madre. Su pelo corto de mi siempre, rojo de perenne deshielo; es mi madre de cuarenta, pero turge más. Es solo mi madre de piel, hay otra por detrás de los ojos. Los senos no son de ella ni de Ámbar, no son níveos ni cremosos y los pezones son una mezcla batida, entre un rosado maternal y un caramelo oscuro. También cifrada su redondez, pero los pezones no son de ellas, nacen como del pulso de un pulgar sobre los centrípetos de Ámbar, como de un beso en la comisura de otros labios. Puntean hacia arriba, como los franceses, con plenitud moldeada en una cúpula que respira, sobrecogida en una justa medida ante la escala de lo grotesco. Todavía no distingo, todavía el sueño se me prefigura como una realidad posible. Pero tengo el tiempo para pensar en los senos errados del mural del Café El aborigen, también franceses aún sin razón, mirones al cielo, sin la redondez que antropólogos avisan de estos senos descubiertos, aún sin cubrir.

 

Pienso esto, con mis labios merodeando ingenuosos por las subidas respondonas, demorado porque la mirada era lejana, muy lejana, e inculpante, aunque familiar, aunque la mirada no fuera de mi madre. Exigía un ritual ridículo pero necesario ante un deseo ancilar, un deseo que nunca supo no ser más, mucho más, una culpa que nadie había tenido.

 

Incorporo a mi madre sobre mí y asoma la punta de la culpa, rozar la sutura resentida del amor; cesárea que mi madre no tuvo, no ha tenido y le procuro; y extirpe, sutura de amor por lo que cesa. Con la piel de mi madre, con mirada de Ámbar, con los senos de quién. Sobre mí… Aprovecho para mejorar mi vuelo.

 

jblarga

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Lo que es único  Edson Fernández (óleo sobre tabla)

8 de eneros

[El perro de mi amigo se murió…]

El perro de mi amigo se murió ̶ ¡un poema en enero, el primer día! Esto no es una elegía, alegoría ̶ alegría sí. Ni performance ̶ para enterrarlo vestí pullover rojo.

Tres noches para morir al pie del año. Cómo huían las pulgas en su agonía. Esto no es una elegía, alegoría. Alegría sí  ̶ ni tan ameno.

«Chau, Chau» rio por dentro y paleo. Segundo de nombres que confundo. Esto no es una elegía, alegoría. (León se llamaba).

 

jblarga

De La Nada con cadenetas